martes, 18 de enero de 2011

Amy Hempel


PUEBLO PLAYERO

La casa vecina a la mía fue alquilada durante el verano por una pareja que soltaba tacos cuando cometía un fallo jugando al críquet. Por la noche ponían la música fuerte, y me gustaba. Era una música desconocida para mí. Por la mañana, yo recogía los envases de Coronita –con su cuña de lima dentro- que habían arrojado por encima del seto divisorio y se los lanzaba de vuelta a su jardín. No nos presentamos a lo largo de aquellos tres meses.
Nuestras casas están separadas por un seto alto que se ve reforzado por unos pinos que dan más intimidad durante el invierno. El día en que oí una voz femenina que no era la de la esposa del inquilino, me aposté en una zona de vegetación más densa, aunque con un claro que me permitía ver. En ese momento era el hombre el que hablaba, o al menos el que intentaba hablar: empezaba a decir cosas que parecía no acertar a concluir. Vi cómo aquella mujer, arrodillada, le hacía algo memorable con la boca. A continuación, él la incorporó.
-Me parece que estás hambrienta. Quizá deberíamos buscarte algo de comer…
La mujer tenía una risa fácil.
-A París es adonde vamos a irnos tú y yo –dijo él.
Ella le preguntó qué tenía de malo este sitio, y añadió:
-Me gustan los pueblos playeros.
Me entraron ganas de telefonear a la oficina de su esposa, en la ciudad, para oír cómo sonaba su voz, en el caso de que contestase. No era por un sentimiento de compañerismo. La única vez que me dirigió la palabra fue para decirme que por qué no cortaba el césped más tarde. Eso fue a mediodía. Le repliqué que las ordenanzas municipales prohíben cortar el césped antes de las siete y media de la mañana y que yo había esperado hasta las nueve. La propietaria de la casa había contratado a un jardinero para que cuidase el jardín. Así y todo, tenía yo la seguridad de que las orquídeas estaban desatendidas. A lo largo de todo el verano estuve pendiente del momento en los dos inquilinos salían juntos de la casa, de modo que pudiese entrar yo con la llave que estaba escondida en un saliente del cobertizo, para así analizar el estado de la tierra y regar las orquídeas.
La mujer que no quería ir a París dijo que tenía que irse.
-Pero yo no quiero que te vayas –le dijo el hombre.
-Piensa en el beso que voy a darte en la puerta –le consoló ella.
Nadie tiene en cuenta que el sonido se transmite a través del agua. Incluso a través del agua de una piscina. Una semana después de aquello, estando ausente su marido, la esposa comía con unas invitadas junto a la piscina. No tuve que esconderme para escuchar lo que hablaban. Podrían haberme visto si se hubieran tomado la molestia de mirar hacia el frambueso, donde yo arrancaba hierbajos.
Las mujeres le decían a la anfitriona que era su oportunidad. “Lo que es justo es justo”, y la animaban a hacer cosas que en otras circunstancias no haría. “Sin remordimientos”, la animaban. “Aunque seas una persona propensa al remordimiento, aunque tengas un carácter melancólico como para dar ese paso.”
Las mujeres decían: “No es que tengamos inteligencia, sino que ponemos en primer plano la pasión. ¿Quién puede negar que ha tenido alguna vez ese tipo de sentimientos?”
Las mujeres le aseguraban a la esposa del inquilino que no se sentiría así eternamente. “Te sentirás peor, sin embargo, antes de sentirte mejor, porque eso es inevitable.”
Le recomendaron que diera largos paseos, que contemplara los amaneceres y los atardeceres, que buscara consuelo en la naturaleza, aunque todas admitieron que no había alivio posible en el mundo para eso y que había que ser tonta para esperar encontrarlo.
El fin de semana en que se instaló la pareja –su contrato de arrendamiento comenzó el Día de los Caídos, a finales de mayo- la oí hacer una apuesta relativa a la luna. Ella opinaba que estaba creciente y él que menguante. Unos días después, la luna lucía casi llena en el cielo nocturno. Oí que la mujer le decía a su marido que había ganado ella, aunque, como no habían expresado los términos de la apuesta, sabía perfectamente que mi vecina no iba a ganar nada.

Amy Hempel (Cuentos completos)

No hay comentarios:

Publicar un comentario