sábado, 8 de enero de 2011

Charles Dickens


“Cómo vivían únicamente tres personas en una casa tan grande era asunto suyo; por lo menos había un montón de ventanas sólo en la parte más alta y pronto dejé de contar las que había en su grotesca fachada. El dueño era un tendero que atendía por el nombre de Straudenheim, de profesión…no me explico cuál era su profesión pues se había abstenido de escribirla y su tienda estaba cerrada.

Al principio, mientras miraba a Straudenheim a través de la lluvia que caía incesante le creí en el negocio del “foie-gras”, pero la impresión que me dio al verle tras una ventana del segundo piso me convenció de que había algo más valioso que el supuesto “hígado”. Llevaba un casquete de terciopelo negro y parecía usurero y rico; un viejo de labios gruesos y nariz en forma de pera con el pelo blanco y los ojos agudos aunque miopes. Straudenheim estaba escribiendo en un pupitre; de vez en cuando dejaba de hacerlo, se ponía la pluma en la boca y movía su mano derecha, como si estuviera colocando montones de dinero. ¿Piezas de cinco francos o napoleones de oro? ¿Sería Straudenheim un joyero o un tratante de dinero, un comerciante de diamantes, o qué?

En una ventana del primer piso debajo de la de Straudenheim se sentaba su ama de llaves, que, lejos de ser joven aunque de una presencia agradable, sugería unos pies y unos tobillos maduros. Vestía alegremente, tenía un abanico en la mano y llevaba unos pendientes de oro enormes y una gran cruz, también de oro. Habría ido de excursión –según deduzco-, si no fuera por la engorrosa lluvia. No estaba Estrasburgo para excursiones, porque la lluvia salía a borbotones por los viejos canalones fluyendo al arroyo situado en medio de la calle. El ama, de llaves con los brazos cruzados sobre el pecho y el abanico golpeando en su barbilla, se mostraba radiante y sonriente en su ventana abierta mientras el resto de la fachada de la casa de Straudenheim parecía triste; la única ventana abierta era la suya, porque Straudenheim se mantenía encerrado a pesar de que era una tarde sofocante y el aire llevaba al pueblo ese olor a hierba agradable y refrescante que la lluvia propicia en verano.

La sombría aparición de un hombre junto al hombro de Straudenheim me dio la sensación de que alguien había venido a asesinar a aquel comerciante próspero a causa de la riqueza con la que se le había dotado tan generosamente. Diría mejor que el que estaba de pie parecía un hombre excitado, delgado, estirado y evidentemente sigiloso, pero en vez de causarle una herida mortal, habló con Straudenheim y entonces ambos abrieron suavemente la otra ventana de la habitación –la situada inmediatamente encima de la del ama de llaves- e intentaron verla, mirando hacia abajo. Mi opinión de Straudenheim bajó muchísimo cuando vi a aquel eminente ciudadano escupir por la ventana con la clara intención de alcanzar al ama de llaves.”

Charles Dickens

(Este párrafo pertenece a un cuento titulado “Viajando por el extranjero” que forma parte del libro CUENTOS SOBRENATURALES.)

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