jueves, 13 de enero de 2011

Cioran: Los cuadernos


* Pienso en mis “errores” pasados y no puedo lamentarlos. Sería como pisotear mi juventud, lo que no deseo a ningún precio. Mis entusiasmos de antaño emanaban de mi vitalidad, de mi deseo de escándalo y de provocación, de una voluntad de pragmatismo deteriorado por mi nihilismo de entonces... Lo menos que podemos hacer es aceptar nuestro pasado; o bien dejar de pensar en él, y considerarlo algo muerto y bien muerto.



* Acabo de escribir una apología del odio. Pero en el fondo lo que yo entiendo por odio no es más que un arranque de desesperación, la negrura de la desesperación, estado puramente subjetivo que no tiene nada que ver con la intención de hacer daño, con el encono contra los demás.



* Me gustaría “convertirme”..., ¿pero en qué?




* Vergüenza, vergüenza, vergüenza. Disputa con un comerciante, a propósito de una bombona de butano. Le amenazo, me enfurezco de tal forma que no puedo gesticular palabra, grito, tiemblo. Y tan desatado estoy que ni alcanzo a contemplarme, a “ser consciente” de mi estado, contrariamente a lo que me sucede en mis cóleras habituales, en las que me veo salirme con la mía.Pero bien sé lo que me ha puesto fuera de mí: ese comerciante al que detesto desde hace mucho, aunque no me lo haya topado más que tres o cuatro veces en total, a ese comerciante, le noté contento de no darme la razón.




* ¿De qué sufrís? – De estar aquí o allá, de estar no importa dónde.




* Situarse fuera de los propios méritos, como espectador de uno mismo.



* “En medio de vuestras ocupaciones más agitadas, deteneos un instante para “contemplar” vuestro espíritu”.Así reza el octavo precepto (hay diez) de la práctica zen según la Escuela de Tsao-tung.



* Todo lo que me impide trabajar me sienta bien. Hago chapuzas de la mañana a la noche..., por huir, por miedo, por nada...La muerte del espíritu, esa incapacidad para concentrarse en otra cosa que no sean las mismas, las eternas manías que nos obsesionan.



* Nadie como yo ha cuidado sus defectos con tanta minuciosidad y empeño.




* Desconfío de todo aquel que quiere mandar sobre otros. Esa arraigada tendencia, común a tanta gente... ¿es una superioridad, un defecto? Yo creo no poseerla. Siento la idea misma de dar una orden como algo ajeno. Y recibirla, más todavía. Ni maestro, ni esclavo. Eternamente, nada.





* Mis ideas se asocian según un ritmo demasiado precipitado y arbitrario. Paso de una a otra sin pensar (nunca mejor dicho). Me inundan, sin que pueda obtener el menor provecho de ellas. Me gustaría poderles decir a cada una ellas: “¡Detente!”..., pero no me da tiempo.Si dijera en voz alta lo que me pasa por la cabeza, me encerrarían inmediatamente, y no por la incoherencia de las ideas o las imágenes, sino a causa de su vertiginosa sucesión, de su desfile monstruoso y casi ridículo.




* Mi vieja obsesión: romper con todo, retirarme a una cueva... ¡Ay! Si no temiera tanto el frío, sé que juntaría el coraje suficiente como para abandonarlo todo... Esa debilidad me aplatana y me empuja a todos los compromisos.



* Pertenezco a ese grupo de escritores de corto aliento por simple horror a las palabras.




* A un amigo que me consultó (¿¿??) acerca de su próximo matrimonio, le disuadí. “Pero me gustaría al menos dejar mi nombre a alguien, tener descendencia, un hijo...”. “¿Un hijo?”, le dije. “¿Y quién te asegura que no será un asesino?”. Desde entonces mi amigo no ha vuelto a dar señales de vida.

E.M. Cioran

Fuente: Los cuadernos de Emil Cioran

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