viernes, 7 de enero de 2011

Jean-Arthur Rimbaud


Antaño, si la memoria no me falla, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían.
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. –Y la encontré amarga. –Y la injurié.
Me he armado contra la justicia.
Me he escapado. ¡Oh brujas, oh miseria, oh odio, a vosotros ha sido confiado mi tesoro!
Llegué a disipar en mi espíritu toda esperanza humana.
He dado el salto sordo de la bestia feroz sobre toda alegría, para estrangularla.
He llamado a los verdugos para, al tiempo que perecía, morder la culata de sus fusiles. He invocado las plagas, para ahogarme con la arena, la sangre. La desgracia ha sido mi dios. Me he tendido en el fango. Me he secado al aire del crimen. Y he dado buenos chascos a la locura.
Y la primavera me ha traído la horrible risa del idiota.
Tanto es así que, hace poco, encontrándome a punto de “cascar”, he pensado en buscar la llave del antiguo banquete, en el que quizá recobraría el apetito.
La caridad es esa llave. –¡Esta inspiración prueba que he soñado!
“Seguirás siendo hiena, etc…”, clama el demonio que me coronó de tan agradables adormideras. “Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo, y todos los pecados capitales.”
¡Ah! Estoy harto: -¡Pero, querido Satán, yo te conjuro con una pupila menos irritada! Y mientras esperas las pequeñas cobardías retrasadas, tú que amas en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, te aparto estas repulsivas páginas de mi carnet de condenado.

Jean-Arthur Rimbaud (Una temporada en el infierno)

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