jueves, 6 de enero de 2011

Precipicios (22)

Precipicios (*)(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…


“En estos años de vivir prestado, de vivir fingido, he contado tantas patrañas que poco puede importar un embuste más. Poco puede importar si buscando una verdad, la mía, doy otra vez en la patraña. O si contando mentiras me acerco más que de ninguna otra forma a lo que ha sido mi verdadera vida. Galimatías. Juegos de palabras. No hay otra.
Pongamos, por poner, que nadie me espera en ningún sitio, que estoy solo y que no veo razón alguna para no seguir estándolo en el futuro. Pongamos que escribiera este poco de memorial para destinarlo a las más o menos amables funciones de un privado teatro de cámara, un teatro de la memoria, mínimo, para que ese monólogo, con su eco de mil voces, sea escuchado en el interior de alguno de los teatrillos de cartón que he ido reuniendo estos años en mis pesquisas. Pongamos, por poner.
Pongamos, que es mucho poner, que se pudiera regresar a los escenarios donde transcurrieron los que pensamos, con fundamento tirando a discutible, que fueron los mejores años de nuestra vida. Y que pudiésemos convertirnos a voluntad en fantasmas, en hombres invisibles, y pudiéramos así recorrer ciertas calles, llamar a algunas puertas, entrar en una casa, en nuestra casa, en nuestra verdadera casa, y sentarnos en la sala de respeto, azul, azul intenso y blanca, con una cenefa de ramilletes floridos junto al techo, luminosa a pesar de los años, luminosa a pesar de los pesares, y tal vez, sólo tal vez, hablar entonces con los muertos, con los que ya no están con nosotros.
No se lo creería nadie.
Ciertas historias no se inventan, no se cuentan para que se las crea nadie. Se cuentan, sin más. Pertenecen a otro orden.
Además, si contara algo de todo eso, nadie sabría si miento o digo la verdad o que demonios digo.
Malos tiempos para hablar de lugares imaginarios, para contarle a nadie la historia de un tesoro, entre otras. De un tesoro inexistente. De un tesoro que nadie pudo hallar, nunca.
No se lo creería nadie.
Malos tiempos para contarle a nadie una historia de fantasmas.

Miguel Sánchez-Ostiz (No existe tal lugar)

2 comentarios:

  1. Al escritor se le permite el juego de palabras y mentir con descaro. La literatura es catarsis y, en el mejor de los casos, puede llegar a ser la historia de la transgresión.

    Salud


    Francesc Cornadó

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  2. La pintura utiliza la "mentira" para decir la "verdad" decía, en el mismo sentido, Picasso. Bueno, puede que sea una buena manera de "argumentar el argumento" y conseguir llevarnos al otro lado del espejo o de la mentira y así darnos a conocer otras formas de la falacia.

    Un saludo, Francesc

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