martes, 11 de enero de 2011

Precipicios (23)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…



“Una hora antes del amanecer del día 7 de marzo de 1974, Kaspar Joachim Utz murió víctima de un segundo y largamente esperado derrame cerebral, en su apartamento del número 5 de la calle Siroká, desde el que se veía el viejo cementerio judío de Praga.
Tres días después, a las 7.45, su amigo el doctor Václav Orlík aguardaba la llegada del coche fúnebre frente a la iglesia de San Segismundo, empuñando siete de los diez claveles rosados que había anhelado poder pagar a la florista. Observaba complacido las primeras señales de la primavera.
En un jardín situado al otro lado de la calle, las cornejas que llevaban ramitas en el pico revoloteaban sobre los tilos, y de cuando en cuando se desprendía una pequeña avalancha de las tejas árabes de una casa de la vecindad.
Mientras Orlík esperaba, se aproximó a él un hombre cuya melena gris cubría con creces el cuello de su gabardina.
-¿Toca usted el órgano? – preguntó el hombre con voz gangosa.
-Me temo que no –respondió Orlík.
-Yo tampoco –dijo el hombre, y se alejó con paso cansino por un callejón transversal.
A las 7.57, el mismo individuo descorrió desde dentro el cerrojo de las inmensas puertas barrocas de la iglesia. Sin saludar siquiera a Orlík con una inclinación de cabeza, se encaramó a la plataforma del órgano y, después de sentarse en medio del coro de ángeles de madera dorada que simulaban soplar sus trompetas, empezó a interpretar una marcha fúnebre compuesta por los dos acordes sonoros que había aprendido el día anterior. Su maestro había sido el organista que era demasiado holgazán para levantarse a esa hora y que había hallado un sustituto en el bedel.
El coche fúnebre –un Tatra 603- se detuvo a las 8.00 frente a la escalinata. Para apartar la atención del Pueblo de los retrógrados ritos cristianos, las autoridades habían decretado que todos los bautizos, bodas y funerales debían concluir antes de las 8.30. Tres de los portaféretros se apearon, y abrieron la puerta trasera ayudándose los unos a los otros.
Utz había planeado su funeral con puntilloso esmero. Un manto de claveles blancos cubría el ataúd de roble, aunque no había previsto la corona de vulgaridad bolchevique que le habían plantado encima: poinsettias rojas, gladiolos rojos, una cinta de raso rojo y una cenefa de hojas relucientes de laurel…”

Bruce Chatwin (Utz)

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