lunes, 31 de enero de 2011

Precipicios (26)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…



“Desde hace tiempo vengo con la intención de recoger algunos episodios de la vida de Abdul Bashur, amigo y cómplice del Gaviero a lo largo de buena parte de su vida, y protagonista, en modo alguno secundario, de no pocas de las empresas en las que Maqroll solía comprometerse con sospechosa facilidad. En muchas de ellas Bashur desempeñó el papel de salvador, rescatando a Maqroll en los momentos críticos, gracias a esa astuta paciencia que constituye uno de los rasgos predominantes del carácter levantino. Ahora he resuelto emprender esa tarea de cronista, que iba aplazando indefinidamente. La razón para hacerlo surgió de un hecho característico de los altibajos y sorpresas que poblaron la existencia del Gaviero.


En un cambio de trenes en la estación de Rennes, cuando iba camino a Saint-Malo para asistir a una reunión de amigos dedicados a preservar la tradición de los libros de aventuras y de viajes, perdí la conexión y tuve que esperar el paso del próximo tren con destino al ilustre puerto bretón. Caía una lluvia insistente y helada y resolví quedarme tranquilo en la sala de espera, leyendo un libro de Michel Le Bris sobre la Occitania medieval. Estas salas son semejantes en el mundo entero. Un ambiente de tierra de nadie, el gastado mostrador donde nos ofrecen el consabido café chirle con su indefinible gusto a desamparo y los hostigantes licores de la región, de color y sabor harto improbables; su puesto de periódicos y revistas, viejos de varias semanas, que no atraen ya la atención de nadie por lo atrasado de sus noticias y las imágenes locales insulsas y desteñidas. Los afiches de turismo pegados en las paredes sugieren siempre estaciones balnearias con un relente de enfermedad y decadencia o muestran picos nevados cuyo nombre nada nos dice y para nada invitan a la necia proeza de escalarlos. Las bancas, siempre duras y tambaleantes, acogen a los anónimos pasajeros que esperan su tren con esa resignación fatal del que ha perdido ya la esperanza de dormir esa noche en su hogar. Todo el mundo se encuentra allí resignado a lo que suceda, sin importar lo que sea.


Alguien pronunció mi nombre de repente, allá desde una esquina de la sala, en donde una estufa de gas intentaba en vano luchar contra el frío y la humedad ambientes. No vi quién me llamaba y me acerqué, entre curioso y molesto…”

Álvaro Mutis (Abdul Bashur, soñador de navíos)

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