jueves, 10 de febrero de 2011

Álvaro de Campos


SE CRUZÓ CONMIGO, VINO A MI ENCUENTRO EN UNA CALLE DE LA BAIXA,
aquel hombre mal vestido al que la profesión de mendigo se le ve en la cara,
que me es simpático y al que soy simpático;
y en reciprocidad, con gesto de largueza, desbordante, le di cuanto tenía
(salvo, por supuesto, cuanto tenía en el bolsillo donde llevo más dinero:
no soy tonto ni novelista ruso en ejercicio,
y romanticismo, sí, pero bien medido…)

Siento simpatía por toda esa gente,
sobre todo cuando no merece simpatía.
Sí: soy también vagabundo y mendigo,
y también lo soy por culpa mía.
es estar a un lado de la escala social,
es no ser adaptable a las normas de la vida,
a las normas reales o sentimentales de la vida
-no ser juez del Supremo, prostituta, trabajador de plantilla,
no ser pobre de verdad ni obrero explotado,
no ser enfermo de enfermedad incurable,
no ser sediento de justicia ni capitán de Caballería,
no ser, en fin, una de esas personas sociales de los novelistas
que se hartan de letras porque tienen razón para las lágrimas
y se rebelan contra la vida social porque tienen razón en lo que piensan.

No, ¡todo menos tener razón!
¡Todo menos que la humanidad me importe!
¡Todo menos ceder al humanitarismo!
¿De qué sirve una sensación si hay razón externa para ella?

Sí, ser vagabundo y mendigo como yo lo soy
no es ser vagabundo y mendigo, tan corriente:
es estar aislado en el alma, y eso sí que es ser vagabundo,
es tener que pedirles a los días que pasen y nos dejen, y eso sí que es ser mendigo.

Todo lo demás es una estupidez digna de Dostoievski y de Gorki.
Todo lo demás es tener hambre o no tener qué vestir.
Y aunque eso ocurra, le ocurre a tanta gente
que no vale la pena tener pena de la gente a quien le ocurre.
Soy vagabundo y mendigo de verdad, es decir, en sentido figurado,
y me estoy refocilando en una gran caridad por mí.

¡Pobre Álvaro de Campos,
tan aislado en la vida, tan deprimido en las sensaciones!
¡Pobre de él, ensartado en la butaca de su melancolía!
Pobre de él, que con lágrimas (auténticas) en los ojos
ha dado hoy, con gesto de largueza liberal y moscovita,
todo cuanto llevaba en el bolsillo en el que lleva poco a aquel
pobre que no es pobre, al de los ojos profesionalmente tristes.

¡Pobre Álvaro de Campos, que no le importa a nadie!
¡Pobre de él, que tiene tanta pena de sí mismo!

Pues sí: ¡pobre de él!
Más pobre de él que de muchos que son vagabundos y vagabundean,
que son mendigos y mendigan,
porque el alma humana sí que es un abismo.

Lo sé bien: ¡pobre de él!
¡Ojalá pudiera rebelarme en un mitin dentro de mi alma!
Pero ni siquiera soy tonto.
No tengo siquiera la defensa de poder adoptar opiniones sociales.
No tengo, en verdad, defensa alguna: soy lúcido.

No me queráis convertir la convicción: soy lúcido.

Repito: soy lúcido.
Nada de estéticas con corazón: soy lúcido.
¡Mierda! Soy lúcido.

Álvaro de Campos

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