jueves, 17 de febrero de 2011

Álvaro de Campos


CALLOS A LA MANERA DE OPORTO


Un día, en un restaurante, fuera del espacio y el tiempo,
me sirvieron el amor como unos callos fríos.
Le dije con delicadeza al misionero de la cocina
que los prefería calientes,
que los callos (y eran a la manera de Oporto) nunca se comen fríos.

Se impacientaron conmigo.
Nunca se puede tener razón, ni en un restaurante.
No los comí, no pedí otra cosa, pagué la cuenta
y me fui a dar una vuelta por la calle.

¿Alguien sabe lo que quiere decir esto?
No lo sé yo, y fue a mí a quien sucedió…

(Sé muy bien que en la infancia de todo el mundo hubo un jardín
particular o público o del vecino.
Sé muy bien que nuestro jugar era su dueño.
Y que la tristeza es de hoy.)

Lo sé de sobra,
pero si pedí amor, ¿por qué me trajeron
callos a la manera de Oporto fríos?
No es plato que se pueda comer frío,
pero me lo trajeron frío.

No protesté, pero estaba frío.
Nunca se puede comer frío, pero llegó frío.

Álvaro de Campos

1 comentario:

  1. Ni el amor ni los callos deben servirse fríos. De todas maneras me apuntaría antes a los callos de Oporto que a los amores afilados.
    Salud
    Francesc Cornadó

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