miércoles, 2 de febrero de 2011

Basquiat / Berger







Antes de llegar hasta él hay que superar mucha retórica hueca porque se ha convertido en una leyenda, primero local y luego mundial. También es necesario hacer caso omiso de los alaridos de un puñado de marchantes oportunistas. De haberse presentado en la inauguración de la reciente exposición, celebrada en el que habría sido su 50º cumpleaños (murió a los 28 años), lo más seguro es que hubiera aparecido con varios días de retraso.
No obstante, cuando uno se encuentra cara a cara con lo que hizo Jean-Michel Basquiat sufre una revelación, como han podido comprobar los miles de parisienses que hicieron hasta una hora de cola a la intemperie para visitar la exposición del Museo de Arte Moderno de la ciudad. Los había de todas las edades, pero la mayoría eran jóvenes.
Afrontar su obra o verse asaltado por ella tiene poco que ver con la "alta cultura" o con los privilegios VIP. Sí guarda mucha relación con las mentiras (visuales, verbales y acústicas) que hoy en día se nos imponen a cada minuto. La revelación es precisamente esta: contemplar todas esas mentiras desarticuladas y deshechas.
El legendario currículo de Basquiat evoca parte de su experiencia existencial: un chico negro haitiano-puertorriqueño que vive en las calles de Nueva York, estampa su firma en las paredes y luego empieza a pintar cuadros que se exponen y se venden en todo el mundo a través de los marchantes, que se comportan como buitres; un chico que colabora durante un año con Warhol pintando de una forma atrevida y muy pura en los mismos lienzos; un chaval que durante una década produce miles de imágenes y luego muere de sobredosis. Esta biografía y las muchas fotos que tomaron de él evocan parte de lo que vivió, pero apenas nos dicen nada sobre el secreto de su arte o la forma que tiene de desenmascarar las mentiras que nos rodean.
Por lo general, cuando un hombre o una mujer quiere rebatir las falacias que le rodean, y con las que vive, lo hace con argumentos en busca de las verdades ocultas. James Baldwin o Angela Davies son ejemplos de un periodo anterior, pero ambos, al ser negros, lucharon contra algunas de esas mismas mentiras.
Basquiat eligió una estrategia distinta. Intuyó que hoy las verdades vitales y ocultas no se pueden describir con ninguno de los idiomas que se utilizan constantemente para promover mentiras: veía cualquier lengua oficial como un código para transmitir mensajes falsos. Su estrategia como pintor era desacreditar y romper esos códigos y dejar que entraran algunas verdades vibrantes, invisibles y clandestinas. Su táctica como pintor tiene que ver con algunas formas del rap y también guarda relación, aunque de forma distinta, con los empeños de Julian Assange y Wikileaks, en los que actúa a la manera de un saboteador. Como artista, Basquiat deletrea el mundo en un idioma que está deliberadamente -ontológicamente- roto.
Para aclarar lo anterior, pensemos por un momento en los ciegos (Basquiat tenía una vista muy afilada, pero la comparación puede sernos útil). Observen a una persona ciega transitando por algún sitio público: andando por la calle, cruzando la calle, subiendo por una escalera mecánica, viajando en un vagón de metro, bajándose al andén o subiendo unas escaleras. Los ciegos se mueven y sortean los obstáculos haciendo preguntas y recibiendo respuestas con todos los sentidos excepto la vista. Y a veces, sobre todo si van dos juntos, se mueven y se abren camino con más rapidez y eficacia que los que pueden ver.
Los ciegos reciben la información y las perspectivas que les ofrecen los sonidos, el aire, sus bocanadas y temperaturas, el roce de sus bastones, los pies y las manos. Para ellos, cada sentido tiene su propio lenguaje con el que reconoce y define lo que existe. Sin embargo, lo que distingue a los ciegos de los que pueden ver es que los primeros aceptan que una gran parte de lo que existe es indescriptible: familiar, reconstituyente, odioso o adorable, esencial, pero, no obstante, indescriptible por ser invisible.



Como pintor, al enfrentarse al mundo al que se tuvo que enfrentar, Basquiat era profundamente consciente, al igual que un ciego, de que una gran parte de lo real es indescriptible. Para él, su ansiado objetivo, la labor sagrada de pintar, consistía en sintonizar con lo invisible, de forma parecida a como un diagrama anatómico sintoniza con el funcionamiento invisible de un cuerpo vivo. ¿Y por qué quería hacerlo? Porque no se puede mentir sobre algo invisible.
Uno de sus autorretratos es una especie de diagrama de montaje para hacer que encajen una camisa, un par de brazos, dos rótulas, una calavera y unas botas. El espacio para él está muy presente; pero él, dentro de ese espacio, es invisible, y por tanto no puede ser capturado por ninguna mentira oficial ni ningún cliché.



Su cuadro titulado Dog and boy in a Johnnypump [Perro y niño en una boca de incendio] es una pantalla de salpicaduras que expresan la excitación, la furia y la diversión de un niño y un perro en un bochornoso día de verano en Brooklyn empapándose con chorros de agua fría de una boca de incendio. Aunque ni el perro ni el niño son identificables o descriptibles. Eso no significa que se muestren evasivos: solo significa que son libres y que ninguna mentira los puede definir.


¿Cómo ponía en práctica su estrategia? ¿Cómo procedía en el plano visual o gráfico? Inventó su propio alfabeto visual, que estaba formado no por 26 signos, sino por centenares de ellos. Incluían el alfabeto romano, números, signos geométricos, emblemas de pintadas, logos, símbolos de mapas, pictogramas, esquemas, diagramas y dibujos, y con todos ellos deletreaba el mundo. A menudo los signos se reafirman entre sí. Así, las cuatro letras del alfabeto romano NOSE se encuentran junto a un dibujo de una protuberancia con dos agujeros. Y las tres letras PAW se encuentran en el reverso de una mano izquierda.


Con este alfabeto de hip-hop, vivo, divertido, furioso y extremadamente diverso deletrea lo que ha visto suceder a su alrededor o en su interior. A todo le da un nombre que no pertenece a ningún idioma oficial y es impronunciable en ellos. Y los acontecimientos responden a su nombre; hay un reconocimiento mutuo por ambas partes, todo ello visual y gráfico. Pero, al mismo tiempo, los acontecimientos en sí -diferenciados de sus nombres -permanecen invisibles. Por tanto, no puede atraparlos ninguna mentira ni ningún idioma oficial: son libres. De hecho, son una demostración ejemplar de la libertad, una instigación a la libertad.



En conclusión, cada figura o animal u objeto pintado e imaginado por Jean-Michel Basquiat ha pedido prestada a la muerte una camiseta para volverse inabarcable (imposible de arrestar), invisible y libre. De ahí, la euforia.
Las siete letras MANDIES [hombre muere, en inglés] (repetidas en muchos de sus últimos cuadros) aparecen en varios lienzos junto a la garra de un cuervo. De ahí, también, la inmensa soledad de Basquiat.

John Berger

Fuente: El País (01-02-2011)

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