martes, 15 de febrero de 2011

Elías Canetti


“Yo pude ver en mi familia, y en especial en la suya, lo que el dinero hace de la gente. Los peores eran los que más se consagraban al dinero. Aprendí a conocer todos los pasos que van de la codicia al ansia delirante. Vi hermanos cuya avaricia los llevó a destruirse unos a otros en procesos interminables, y que seguían pleiteando cuando ya no les quedaba un céntimo. Pertenecían a esas mismas “buenas” familias de las que mi madre estaba tan orgullosa. Ella también fue testigo de estos procesos, hablamos de ello con frecuencia. Su inteligencia era penetrante, su conocimiento de la naturaleza humana provenía de las grandes obras de la literatura universal por un lado y de su propia experiencia por otro. Conocía perfectamente los motivos de la insensata autodestrucción que carcomía a su familia; hubiera podido escribir fácilmente una novela sobre ello; pero el orgullo que sentía mi madre por esta misma familia fue inquebrantable. Si se hubiera tratado de amor, yo lo hubiera podido comprender desde un principio. Pero no amaba en absoluto a muchos de sus protagonistas, unos le producían indignación, otros le inspiraban desprecio. Por la familia como un todo, sólo sentía orgullo.
Mucho más tarde comprendí que, en el ámbito de las relaciones humanas, yo soy exactamente como ella. He pasado la mayor parte de mi vida señalando los ardides del ser humano tal como aparecen históricamente a lo largo de las civilizaciones. He investigado y analizado el poder tan despiadadamente como mi madre los procesos en los que se metía su familia. Existen pocas cosas negativas que yo no haya dicho del hombre y de la humanidad. Y a pesar de todo me siento tan orgulloso de ambos que sólo odio realmente una cosa: su enemigo, la muerte.

Elías Canetti (La lengua absuelta)

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