sábado, 19 de febrero de 2011

Elías Canetti



El cráneo enorme.

Tenía doce años cuando me interesé apasionadamente por las guerras de independencia de los griegos, y en ese mismo año, 1917, fue la Revolución Rusa. Ya antes de su viaje en vagón precintado, se hablaba de que Lenin vivía en Zurich. Mi madre, que sentía un odio implacable por la guerra, seguía de cerca todo lo que pudiera significar su fin. No tenía relaciones políticas, pero Zurich se había convertido en un centro de pacifistas de los más diversos países y tendencias. Una vez, al pasar delante de un café, me señaló el enorme cráneo de un hombre sentado junto a la ventana; sobre la mesa tenía una gran pila de periódicos; tenía uno en la mano, que acercaba mucho a sus ojos. De repente echó atrás la cabeza, se dirigió a otro hombre que estaba junto a él, y le habló vehementemente. Mi madre me dijo: “Míralo bien. Es Lenin. Vas a oír hablar mucho de él”. Nos habíamos detenido y ella se sintió un poco avergonzada de estar así mirándolo fijamente (solía reconvenirme por este tipo de descortesía); pero le había llamado la atención el repentino movimiento, y la energía con que había sido hecho se le había contagiado. A mí me sorprendió la abundante cabellera rizada del otro, que tanto contrastaba con la calvicie de Lenin; sin embargo me impresionó más aún la inmovilidad de mi madre. Reaccionó y dijo: “Vámonos, no podemos quedarnos así parados”. Y me arrastró consigo.





Pocos meses después me explicó que Lenin había llegado a Rusia, y empecé a comprender que debía estar pasando algo especialmente importante. Los rusos estaban saturados de tanta matanza, dijo ella, todos tenían bastante de matanzas y la situación llegaría a su fin a favor o en contra de los gobiernos. Nunca llamaba a la guerra otra cosa que “la matanza”. Desde que habíamos llegado a Zurich me hablaba abiertamente de ello; en Viena se había abstenido, para no crearme conflictos en la escuela. “Nunca matarás a nadie que no te haya hecho nada”, me repetía implorante, y con su orgullo de madre de tres hijos, me daba cuenta de cuánto le preocupaba que también nosotros alguna vez pudiéramos convertirnos en “asesinos”. Su odio contra la guerra tenía algo de elemental: una vez, contándome “Fausto” –todavía no quería dejármelo leer-, condenó el pacto de Fausto con el diablo. Sólo podía existir “una” justificación para un pacto así: la abolición de la guerra. Únicamente por esto podía uno llegar a aliarse con el diablo, jamás por otra razón.

Elías Canetti (La lengua absuelta)

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