jueves, 24 de febrero de 2011

Elías Canetti


El entusiasta

El curso en Schanzenberg, el año de la reconciliación, nos trajo algunos profesores nuevos. Nos trataban de “usted”, era la regla general, y la cumplían más fácilmente los “nuevos” que los que nos conocían desde hacía tiempo. Entre los “nuevos”, uno era muy viejo y otro muy joven. Emil Walder, el viejo, había escrito el libro de gramática del que aprendíamos latín; aparte de Letsch, fue el único autor de texto que tuve como profesor en el colegio del cantón. Lo aguardaba con la curiosidad y el respeto que siempre sentía por un “autor”. Tenía una verruga enorme, que se me aparece no bien lo recuerdo, pero que soy incapaz de localizar. Estaba a la derecha o a la izquierda, cerca de un ojo, creo que el izquierdo, pero tiene la odiosa característica de errar en mis recuerdos según desde dónde conversaba con él. Su alemán era muy gutural, el dialecto suizo era más acusado en él que en otros profesores. Esto confería a su dicción algo enfático, pese a su edad. Era excepcionalmente tolerante y me dejaba leer durante las clases. El latín me resultaba fácil y me acostumbré con él a una especie de doble existencia. Mis oídos seguían la clase, de forma que cuando me llamaba siempre podía contestar. En cambio mis ojos leían un librito que tenía abierto debajo del pupitre. Él era curioso, pasaba a mi lado, me sacaba el libro, lo acercaba a sus ojos hasta ver de qué se trataba, y me lo devolvía, abierto. Si no decía nada, para mí era como si aprobara mi lectura.


Debió haber sido un gran lector; una vez tuvimos una breve conversación sobre un autor con el que él no podía. Yo estaba enfrascado en “El Paseo”, de Robert Walser, una extraña obra de la que no lograba desprenderme, completamente diferente de todo lo que yo conocía. Parecía carente de contenido, estar hecha de formas de cortesía; pero me sentía cautivado por ella contra mi voluntad y no podía dejar de leer. Walder se me acercó por la izquierda; sentí la presencia de la verruga, pero no miré, estaba absorto en aquella retórica, que yo creía despreciar. Sus manos se posaron sobre el libro, interrumpiéndome –y para colmo en medio de una de las más largas frases. Entonces alzó el libro hasta sus ojos y reconoció al autor. La verruga, esta vez a la izquierda, se hinchó como una vena colérica; me preguntó, como si fuera una pregunta de examen, pero a la vez con tono íntimo: “¿Qué le parece?”. Yo percibía su enojo pero no quería admitir que tuviera razón, porque el libro me atraía mucho. Entonces dije, conciliador: “Es demasiado cortés”.


“¿Cortés?”, contestó. “¡Es malo! ¡No es nada! ¡No merece la pena leerlo!” –una condena desde lo más hondo de su voz. Cedí y cerré el libro tristemente, sólo para leerlo después, ahora sí que con auténtica curiosidad. De esta forma vacilante empezó mi pasión por Robert Walser, a quien quizás entonces hubiera olvidado, de no haber sido por el profesor Walder.

Elías Canetti (La lengua absuelta)

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