miércoles, 2 de febrero de 2011

Otrerías


Estaba advertido, no voy a negarlo, por supuesto que sabía que era inútil, que siempre tras muchos heroicos intentos había resultado inútil; de modo que puse todo mi empeño en, primero: no defraudarme y del tirón tampoco a los más quisquillosos de mis infradotados discípulos, además de por supuesto, no hacerlo con aquella seductora inutilidad que en su displicencia, pensaba yo, me provocaba. Me imagino que estarán de acuerdo conmigo, al menos una mayoría cualificada de la fracción de masticadores de chicle, en que, a veces, resulta muy difícil saber, a falta de rasgos físicos o mentales de carácter infalible, en qué inutilidad se puede confiar y en cual no. El desafío empero no avisa, te planta delante de tu jeta su cara de lerdo retador y sin moverse del sitio, el muy canalla calla y calla y calla. Así que al fin: a la mar dudas; entramos arremangados en faena y ¿qué ocurre?, pues ocurre, ¡oh, dioses concupiscentes!, que ese roce inútil y continuado, continuado y continuado contra las displicentes turgencias de la, por otro lado, nada escurridiza y por demás muy traviesa y complaciente inutilidad, nos eriza el vello de las ingles y las axilas y nos procura de forma inmediata un más que notable efecto balsámico, además de, debido a su congénita y en éste caso oportuna naturaleza ambivalente, en inevitable deriva espuria: di-la-ta-dor.


Sí, no hay lugar a dudas, con estos antecedentes se trata de un auténtico e inútil fenómeno paranormal, (a más a más en éstas fechas y éstos lares) de aquellos de los que traficaba magistralmente el cine-mudo expresionista-alemán de carácter porno-fantástico (donde no cabían decorados, moralejas edificantes ni exteriores; eso sí, sobre todo en sus muy primigenios albores). Sepan en cualquier caso que tal y como lo leen y lo oyen servidor no solo se erizó sino que lo vio y palpó con voluptuosa delectación. Y todo ello sin que a lo largo de todo el ritual la susodicha en cuestión entrara en crisis o se diera, aparentemente, por aludida. Por tanto de todo esto se debería desprender una lección magistral muy clara por más que en estos momentos no acierto a descifrar debido quizás a su más que previsible inutilidad y al contraluz, asevero, de la moralidad timorata imperante (y dominante) en nuestra gloriosa patria.

Así fue, en mi versión al menos. ¿No os parece un relato absolutamente inútil, pupilos míos, se lo mire por el orificio dilatado que se lo mire?

ELOTRO

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