sábado, 19 de febrero de 2011

Precipicios (30)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.
Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…


“De pie ante el fregadero de la cocina y mirando los relucientes grifos de latón que brillaban muy lejos, cada uno de ellos con una gota de agua en la nariz, que lentamente se hinchaba y caía, David se dio cuenta una vez más de que este mundo había sido creado sin pensar en él. Tenía sed, pero las caderas de hierro del fregadero descansaban sobre patas casi tan altas como su propio cuerpo, y ni estirando el brazo, ni saltando, podría alcanzar nunca aquel grifo distante. ¿De dónde venía el agua que acechaba con tanto secreto en la curva de latón? ¿Adónde iba, gorgoteando por el desagüe? ¡Qué mundo más extraño debía de esconderse tras las paredes de una casa! Pero tenía sed.
“¡Mamá!”, llamó, y su voz se elevó sobre el siseo del barrido en el cuarto de estar. “Mamá, quiero beber”.
La invisible escoba se detuvo para escuchar. “Voy dentro de un momento”, respondió su madre. Una silla chilló sobre sus ruedecillas; una ventana bajó riéndose; los pasos de su madre que se acercaban.
De pie en el vano de la puerta, en el escalón más alto (al cuarto de estar se subía por dos escalones), su madre, sonriendo, lo contempló. Parecía tan alta como una torre. El viejo vestido gris que llevaba se levantaba recto desde sus fuertes tobillos desnudos hasta la cintura, se curvaba en torno al seno profundo y sobre los anchos hombros, y situaba su garganta redonda en un marco de encaje deshilachado. Su rostro liso y diagonal estaba arrebolado por el trabajo, pero tenía ligeramente, difuso, el color de una mano bajo cera. Ella tenía unos labios suaves, llenos, el cabello castaño. Una obscuridad vaga, huidiza, borraba la cavidad que había sobre sus pómulos, dando a su rostro y a sus grandes ojos pardos, situados sobre blancos óvalos, un aire reservado y casi dolorido.
“Quiero beber, mamá”, repitió él.
“Lo sé”, respondió ella, bajando las escaleras. “Ya te he oído.” Y, echándole una rápida mirada de soslayo, fue al fregadero y abrió el grifo. El agua salió a borbotones ruidosamente. Ella se quedó allí un momento, sonriendo oscuramente, dividiendo con un dedo el chorro turbulento y esperando a que el agua se enfriara…”

Henry Roth (Llámalo sueño)

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