viernes, 25 de febrero de 2011

Precipicios (31)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.
Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…


-¡Yo no soy Stiller!- Día tras día, desde mi llegada a esta cárcel, que más tarde habré de describir, lo digo, lo juro e insisto en reclamar whisky, sin el cual me niego a hacer ninguna declaración. Porque sin whisky, lo sé por experiencia, no soy yo mismo, sino que tengo tendencia a sucumbir a todas las buenas influencias posibles y a representar un papel, que a ellos quizá les pareciera bien, pero que no tiene nada que ver conmigo.


Porque en la situación absurda en que me hallo (me toman por un ciudadano de su pequeña localidad, desaparecido), lo único que importa es no dejarme influir por lo que digan, estar alerta frente a todos sus amables intentos de meterme en una piel ajena y mantenerme incorruptible hasta llegar a la grosería, si es preciso, digo: puesto que lo único que importa es no ser otro que el individuo que, por desgracia, soy en realidad, no cesaré de reclamar a gritos que me traigan whisky, cada vez que alguien se acerque a mi celda. Por otra parte, ya hace días que les hice saber que no era indispensable que este whisky fuera de primera calidad, aunque sí que pudiera beberse. Porque si permanezco sereno, pueden interrogarme tanto como quieran, que no sacarán nada, por lo menos nada que sea verdad. -¡Es inútil! Hoy me traen este cuaderno de hojas en blanco, para que escriba en él mi vida. Sin duda para demostrar que tengo una, una vida distinta de la de su desaparecido señor Stiller.


-Escriba usted sencillamente la verdad –me dice mi abogado defensor de oficio-, la pura y escueta verdad. Le llenarán la pluma tantas veces como lo necesite…

Max Frisch (No soy Stiller)

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