lunes, 7 de marzo de 2011

Elías Canetti / Brueghel


Un día el patio del jardín estaba lleno de humo; algunas de nuestras chicas salieron corriendo a la calle y volvieron en seguida excitadas por la noticia de que se estaba quemando una casa en el vecindario. Estaba envuelta en llamas, se derrumbaba. Al momento se vaciaron las tres casas de nuestro patio y todos sus habitantes se precipitaron en dirección al fuego, excepto la abuela, que nunca se levantaba de su diván. Todo fue tan rápido que se olvidaron de mí. El verme tan solo me dio un poco de miedo y me lancé –quizá en dirección al fuego, quizá simplemente en la dirección en que veía correr a todos. Así corrí hacia la calle, atravesando el portón abierto del patio, lo cual me estaba prohibido, y fui a parar al rápido torrente humano. Por suerte divisé en seguida a dos de nuestras muchachas mayores, y como por nada del mundo hubieran cambiado su rumbo, me tomaron en medio y me condujeron al instante con ellas. Se detuvieron a cierta distancia del fuego, probablemente para no ponerme en peligro, y entonces vi por vez primera una casa ardiendo. Ya se había quemado mucho, las vigas se derrumbaban y saltaban chispazos. Atardecía, paulatinamente iba oscureciendo y el fuego resplandecía cada vez más.


Pero lo que más me impresionaba no era la casa ardiendo sino las personas que se movían alrededor. Desde aquella distancia se las veía pequeñas y negras, eran muchísimas y corrían atropelladamente. Algunas permanecían en las cercanías de la casa, otras se alejaban, cargando todas algo en la espalda. “¡Ladrones!”, decían las muchachas, “¡son ladrones! ¡Se llevan cosas de la casa antes de que los atrapen!”. También a ellas les sorprendía esto tanto como el fuego y como no paraban de gritar “¡Ladrones!”, me comunicaron su excitación. Las figuritas negras eran infatigables, se movían completamente encorvadas en todas direcciones. Algunas se habían echado fardos sobre los hombros, otras corrían encorvadas bajo la carga de pesados objetos que yo no podía reconocer y cuando preguntaba qué transportaban, las muchachas sólo repetían sin cesar: “¡Ladrones! ¡Son ladrones!”. Este espectáculo, que se me quedó grabado, indeleble, lo volví a encontrar tiempo después en la obra de un pintor, de forma que nunca más pude distinguir la imagen original de las pinturas. Tenía diecinueve años cuando en Viena contemplé los cuadros de Brueghel. En el acto reconocí los innumerables y pequeños personajes de aquel fuego de mi infancia. Aquellas imágenes me resultaron tan familiares como si siempre me hubiera movido entre ellas. Me eran tremendamente atractivas y volvía frecuentemente a verlas. La parte de mi vida que había comenzado con aquel fuego se enraizaba directamente con aquellos cuadros, como si en medio no hubiera habido un paréntesis de quince años.


Brueghel se me convirtió en el pintor más importante, pero no llegué a él, como más tarde a muchos otros, por la contemplación o la reflexión. Lo hallé en mí como si esperara desde hacía tiempo, seguro de que tendría que encontrarle.

Elías Canetti (La lengua absuelta)

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