miércoles, 9 de marzo de 2011

George Grosz / DADA






Por lo que sé de la historia del movimiento dadá, éste surgió en Zurich. Durante la guerra, unos cuantos poetas, pintores y músicos fundaron allí el Cabaret Voltaire. Su director fue Hugo Ball, ayudado por Richard Hülsenbeck, Hans Arp, Emmy Hennings y unos cuantos artistas internacionales más. El programa en realidad no era político, era moderno y futurista. El nombre de dadá fue elegido por Ball y Hülsenbeck, que a tal fin abrieron arbitrariamente una enciclopedia francesa, señalando a ciegas una palabra con el dedo. La palabra era por casualidad “dadá”, y se aplica para designar un caballito de juguete.








Hülsenbeck llevó el movimiento a Berlín, donde adquirió de inmediato un tinte político. En Berlín soplaban otros vientos. Se mantuvo la visión estética, cada vez más desplazada por una actitud de corte anarco-nihilista, cuyo portavoz principal era el escritor Franz Jung. El tal Jung era una figura parecida a la de Rimbaud, una naturaleza aventurera y atrevida, que no retrocede ante nada. Se adhirió a nuestro grupo y, como era un hombre violento, influyó de inmediato en todo el movimiento dadaísta. Era un gran bebedor y escribía libros de un estilo difícil de leer. Estuvo durante varias semanas en el candelero, cuando junto con su ayudante, el marinero Knuffgen, secuestró un vapor en pleno mar Báltico, tomó rumbo a Leningrado y se lo regaló a los rusos, en una época en que todo el mundo hablaba de la próxima victoria de los comunistas y en Alemania la autoridad era casi inexistente. (…)





Nosotros, los dadaístas, celebrábamos nuestros “mítines” y, por unos pocos marcos de entrada, no hacíamos otra cosa que decirles la verdad a la gente, es decir, insultábamos a los presentes. No había barreras para nosotros. Decíamos:
-Usted, el de la primera fila, sí, el del paraguas, usted no es más que una mierda, un cabrón estúpido.
O esto otro:
-¡No se ría, tonto de capirote!
Y si alguien contestaba, cosa que algunos hacían, les gritábamos como hacían en el servicio militar:
-¡Cierra el pico o te zurramos!
Etcétera, etcétera…





La novedad corrió rápidamente de boca en boca, y nuestros mítines y actos del domingo por la mañana siempre estaban abarrotados de un público que se divertía a la vez que se escandalizaba. Las cosas llegaron hasta el punto de que tenía que haber policías en la sala, porque el espectáculo siempre acababa en bronca. Más adelante las cosas se complicaron tanto que teníamos que pedir cada vez un permiso especial en la comisaría correspondiente. Nos especializamos en burlarnos de todo, no había nada que escapara a nuestro sarcasmo, escupíamos a cuanto se nos pusiera por delante. Eso era el dadá. No se trataba de misticismo, comunismo ni anarquía. Todos esos movimientos tienen su programa; lo nuestro era nihilismo puro y absoluto, y nuestro símbolo era la nada, el vacío, el agujero.
Entretanto íbamos fabricando “arte”. Pero la mayoría de las veces se interrumpía el “acto de creación”. Apenas Walter Mehring había empezado a teclear en su máquina de escribir o había empezado a leer algo de sus obras, cuando salía Heartfield, o Hausmann, o yo, de entre las bambalinas y gritaba:
-¡Basta ya! ¿No pretenderás ofrecerles un espectáculo a esos zoquetes de allá abajo?





A veces preparábamos una representación como ésta, pero con más frecuencia era pura improvisación y, como algunos siempre habíamos bebido, también nos peleábamos entre nosotros, una pelea que se desarrollaba en el escenario y ante el público.
Hasta entonces no había existido nada que se pareciera al “arte dadaísta”. Era el arte (o la filosofía) del cubo de basura. El guía espiritual de la “escuela” era un cierto Schwitters, residente en Hannover, que recogía cuanto encontraba durante sus paseos o en los vertederos, en los cubos de basura o donde fuese: clavos oxidados, trapos de limpieza sucios y gastados, cepillos de diente sin pelo, colillas de tabaco, ruedas destrozadas de bicicleta, paraguas partidos. Todo cuanto el ser humano tira porque ya no puede serle útil, entraba a formar parte de las colecciones de Schwitters, que componía con esos deshechos unos montoncitos planos que pegaba o sujetaba con alambre y cuerda sobre un tablero viejo o una tela; después lo exponía bajo el título de “Merzkunst”, y la gente lo compraba. Muchos críticos empeñados en seguir la moda alababan esa tomadura de pelo y comentaban sus piezas muy en serio. Únicamente el pueblo llano, el que no entiende nada de arte, reaccionaba de manera normal y decía que las obras de arte dadaístas eran una porquería, una basura y una mierda. Y tenía toda la razón.







Una de las obras principales de esa escuela fue una plástica gigantesca, titulada “Grandeza y hundimiento de Alemania, en tres pisos”, y que, en realidad, no era otra cosa que el resultado de reunir toda clase de basuras en un montón y removerlas bien. Aquel “monumento” era obra de cierto artista llamado Baader, quien ostentaba el título de “superdadá”. En una ocasión este hombre había contraído místico matrimonio con la Tierra; se trataba de un personaje afectado por una ligera manía religiosa y megalómano incurable, en fin, un loco de atar. Pero en aquella época insólita apenas se distinguía de nosotros, los demás dadaístas, posiblemente ni siquiera de mí. (Por lo menos, ésa habrá sido la opinión del amable médico militar que me había examinado durante mi estancia en el ejército, quien consideró que mis dibujos reflejaban una “demencia total”. Los médicos estaban a su vez lo suficientemente locos como para someterme a lo que llamaban un “análisis de imbecilidad”…Aunque después yo contestara con la mayor cordura a todas aquellas preguntas imbéciles…)





Baader fue también quien redactó el “dadacón”, el libro más gigantesco de todos los tiempos, más voluminoso que la Biblia, que consistía en miles de grandes páginas de periódico reunidas en un fotomontaje. Se había elegido ese método para provocar en todo el que ojeara el libro una sensación de vértigo porque, según decía Baader:
-Tan sólo cuando te da vueltas la cabeza eres capaz de comprender el “dadacón”.
Así que aquel era nuestro superdadá. Los demás teníamos títulos y funciones. Yo, por ejemplo, era el “publidadá”, y el título figuraba en mis tarjetas de visita, entre mi nombre y una frase en letra pequeña que rezaba:
“¿Qué pensaré mañana?”






Mi tarea consistía en inventar consignas al servicio de la buena obra del dadaísmo. Por ejemplo: “Dadá, ahí está”, o “Dadá vencerá”, o también “Dadá über alles”, que significa: “Dadá por encima de todo”. Hacíamos imprimir las consignas en pequeñas etiquetas y pronto todo Berlín, sus escaparates, sus mesas de cafetería, sus casas y otros lugares quedaban inundados por tales consignas. Era como para sentirse preocupado. El periódico B.Z. am Mittag, un diarío del mediodía, dedicó un articulo a comentar el peligro dadaísta. Nosotros íbamos pegando nuestras consignas escaleras arriba, escaleras abajo, a derecha e izquierda, sobre las cabezas de la gente y a sus pies. Cuando el camarero del Kempinski, el establecimiento preferido por los dadaístas que gozaban de cierto bienestar, retiraba el servicio de la mesa, se llevaba nuestras locas consignas amontonadas en los platos vacíos, pegadas a las botellas y a las cajas de cigarros puros. Incluso en los faldones de su frac, que volaban tras él, se leía a veces: “Dadá, dame un puntapié en el trasero, ¡me gusta!”

George Grosz (Un sí menor y un NO mayor)

1 comentario:

  1. No podía ser de otra manera, después del expresionismo y ante el panorama de aquella Europa, el arte había de derivar hacia el nihilismo, hacia la incertidumbre -¿qué pensaré mañana?-
    Ahora la cosa pinta peor, ya no hay peleas de artistas ante el público, ni son los artistas los que se meten con el público; ahora son personajillos de medio pelo que se pelean ante las cámaras, que muestran su zafiedad, y todo con el beneplácito de políticos e imbéciles con carnet.
    Salud
    Francesc Cornadó

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