viernes, 4 de marzo de 2011

Otrerías


Jean Siméon Chardin (1699-1779) en el Prado.


Hay lujos que todavía nos podemos permitir, por ejemplo: un paseíto, más o menos de una hora, desde Moratalaz hasta el Paseo del Prado, tu papeleta del paro sellada y tu dni al día. Como un “marqués”, en paro, sí, pero como un marqués amante de las bellas artes. Las salas del museo semivacías (a las tres de la tarde de un día laborable), los vigilantes como siempre, aburridos y chequeando entre ellos los días que les corresponden de libranza… y sesenta obras de Chardin dejándose ver a los que quieran mirar.

Vivió, Jean Simeón, 80 años y pintó unas 200 obras. Cuentan que era lento pintando (y si miras bien, las pinceladas, lo notas) y muy meticuloso. Fue alumno de un pintor de grandes temas históricos y, lo que son las cosas, él, por contra, se hizo un nombrecito pintando bodegones y naturalezas muertas: "Le gustan las cosas humildes, los objetos de la vida cotidiana, los gestos de todos los días que se repiten incansablemente. Ama el silencio que nada perturba". Se dijo.

Su célebre bodegón titulado “La Raya” le permitió ingresar en la Academia en 1728, aunque dentro de lo que se consideraba una categoría inferior, “pintor de animales y frutas”. Pero de todos modos ya estaba “dentro”. Para un joven de origen humilde en el siglo XVIII, todo un logro. Años después introdujo en su obra la figura humana y no precisamente por capricho. Pesaron, y mucho, las razones “economicistas”, que suelen ser muy tercas con los de abajo, “los cuadros con figuras producían ingresos superiores a las naturalezas muertas” además, de estas pinturas de genero se solían realizar grabados que también generaban ingresos, a pesar de que la Sgae todavía no había contratado al duo Bautista y Ramoncín. Y por las mismas, su obra dio un salto “cualitativo” muy importante y le coló sigilosamente en la historia de la pintura. Cézanne, Morandi, Lucian Freud o Picasso fueron grandes admiradores, y “chupadores”, de la obra de Chardin, que a su vez “mamó” de la pintura holandesa. “El tiempo le dio la razón”, se dijo. Como otros tantos que se atrevieron a cuestionar los límites, Chardin fue ninguneado en las exposiciones oficiales de los Salones. Fuera del oficio, Diderot se mostraba entusiasmado ante sus obras, "Nada se entiende de esta magia".



“Pinta los gestos congelados, desprecia la anécdota, rechaza la narración”, se ha dicho. Sin embargo he podido observar, y no es por epatar, todo lo contrario, gestos calmos y silenciosos, sí, pero no congelados (el joven dibujante), desprecio de lo “grandilocuente” y enfatización de lo que habitualmente se despreciaba por “anecdótico” (Dama tomando el té, Pompas de jabón…) y narraciones implícitas, breves e intensas (La Bendición, La joven maestra…).
Sobre la cantidad de gilipolleces y patrañas que se escriben sobre la pintura (empezando por yo) sería empezar y no terminar…por ejemplo: el actual director del museo, Sr. Zugaza sobre la exposición: "una belleza que nos concierne". Acojonante.

La influencia de la economía en el arte me parece que viene de lejos, desde los albores si nos ponemos líricos. Resulta que Chardin enviudó y volvió a casarse, esta vez con una viuda adinerada. Inmediatamente su producción bajó a menos de la mitad. Ya no había “motivos económicos” para agobiarse. Además con los años sufrió los efectos de la amaurosis, una enfermedad producida por el plomo que se usaba como aglutinante para el óleo y que terminaba por paralizar los párpados. Dejó el óleo y pintó al pastel, sobre todo retratos, técnica en la que fue un maestro.
Chardin nació y murió en París, dicen que apenas salió de la ciudad. Un hombre sencillo, discreto, extraordinariamente cumplidor de sus obligaciones, feliz en su intimidad pintando cada día humildemente, lo humilde en silencio. Y todo ello se ve, se escucha y se palpa en su pintura…

ELOTRO

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