miércoles, 2 de marzo de 2011

Raymond Carver


MÍO


Durante el día salió el sol y la nieve se deshizo y se convirtió en agua sucia. Delgados regueros de agua caían de la pequeña ventana –abierta a la altura del hombro- que daba al patio trasero. Los coches pasaban por la calle, salpicando. Estaba oscureciendo, fuera y dentro.
Él estaba en el dormitorio metiendo ropa en una maleta cuando ella se acercó a la puerta.
¡Me alegro de que te vayas, me alegro de que te vayas!, dijo ella. ¿Me oyes?
Él siguió poniendo sus cosas en la maleta sin levantar la mirada.
¡Hijo de puta! ¡Estoy tan contenta de que te vayas! Se puso a llorar. Ni siquiera te atreves a mirarme a la cara, ¿no es cierto? Entonces vió la foto del bebé encima de la cama, y la cogió.
Él la miró; ella se secó los ojos y se quedó mirándole fijamente, y después se dio la vuelta y volvió al salón.
Devuélveme eso.
Coge tus cosas y lárgate, dijo ella.
Él no respondió. Cerró la maleta, se puso el abrigo y miró el dormitorio antes de apagar la luz. Luego salió al salón. Ella estaba de pie en el umbral de la pequeña cocina, con el niño en brazos.
Quiero el niño, dijo él.
¿Estás loco?
No, pero quiero el niño. Mandaré a alguien para que recoja sus cosas.
¡Puedes irte al infierno! No vas a tocar a este niño.
El bebé había empezado a llorar, y ella le quitó la manta que tenía alrededor de la cabeza.
Oh, oh, dijo ella, mirando al bebé.
Él fue hacia ella.
¡Por el amor de Dios!, dijo ella. Retrcedió un paso hacia el interior de la cocina.
Quiero el niño.
¡Fuera de aquí!
Ella, al verlo acercarse, se volvió y trató de mantener al bebé al resguardo en el rincón de detrás de la estufa.
Él alargó las manos por encima de la estufa y agarró con fuerza al bebé.
Suéltalo, dijo.
¡Apártate, apártate!, gritó ella.
El bebé congestionado, gritaba. En la refriega, tiraron una pequeña maceta que colgaba detrás de la estufa.
Él la acorraló contra la pared, para hacer que soltase al bebé: agarraba al pequeño mientras cargaba todo su peso contra el brazo de ella.
Suéltalo, dijo él.
No, dijo ella. ¡Le estás haciendo daño!
Él no volvió a hablar. Por la ventana de la cocina no entraba ninguna luz. En la casi total oscuridad él, con una mano, trataba de hacer que ella abriera los dedos apretados, y con la otra asía al bebé –que no paraba de llorar- por un brazo, cerca del hombro.
Ella sintió que sus dedos iban a abrirse, y que el bebé se le iba de las manos. No, dijo, en el momento mismo en que lo estaba soltando. Iba a retenerlo; a aquel bebé cuya cara regordeta les miraba a los dos desde la fotografía que había encima de la mesa. Lo agarró con fuerza del otro brazo. Lo rodeó por la cintura y se echó hacia atrás.
Él no cedía. Sintió que el bebé se le iba de las manos y tiró hacia atrás con fuerza. Con mucha fuerza.
Así, la cuestión quedó zanjada.

Raymond Carver

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