jueves, 17 de marzo de 2011

Ricardo Baroja



Fragmento de
“A la prevención” de Ricardo Baroja

(Lo que antes se decía Prevención, se llama ahora Comisaría)



“ (…) El público ríe los chistes de la obra. Parece enteramente una manada de pavos, que al marchar por la calle en los días anteriores a Navidad, hace unánime ¡glu…, glu…, glu!, cuando el pavero levanta la vara con que dirige. Se celebran especialmente las graciosidades de un diminuto actor vestido de sargento.
Nuestro amigo “el reventador”, nervioso, impaciente, se revuelve en el palco. El escándalo que nos había prometido va a fallar.
Con los pocos pelos que yo conservaba entonces en mi ya despoblada cabeza puestos de punta, veo que “el reventador” se incorpora, da otra patada a la silla, que rueda por el suelo, se inclina sobre el pasamanos y prorrumpe en carcajadas estentóreas.
De lo que pasó después tengo vaga idea. Primero, gritos sueltos; después, un fragor tan sólo comparable al del mar agitado por el huracán o al de un taller de prueba de motores de explosión. Luego, las puertas de nuestros palcos que se abren con violencia. Hombres con gorra de visera que entran, guardias de Orden Público, rostros que nos miran con ojos desencajados por la ira. Todos gritan al mismo tiempo. Nos hacen salir de los palcos a los pasillos. Un hombre chiquito corre de un lado a otro vociferando; las manos en alto, parece víctima de un ataque de locura.
-¡Ése de las melenas! ¡Que se las corte! –rugen, señalando a Valle-Inclán.
-¡Son esos modernistas! ¡A la prevención, a la cárcel!
Nos llevan en volandas. El pasillo, las escaleras, el vestíbulo, la calle.
-¡Esto es intolerable! –grita “el pateador”.
Tres guardias, capitaneados por un cabo, nos conducen a la prevención.
Valle-Inclán quiere convidar al cabo a tomar unas copas en una taberna.
El cabo, con cerrado acento gallego, protesta de que se pretenda sobornarle.
En la oficina policíaca nos toman a todos la filiación.
Valle-Inclán se empeña en que en el atestado figure su nombre seguido por su título de coronel general de los Países Cálidos.
Pasa media hora larga discutiendo con el escribiente acerca de ese grado altísimo de la milicia transoceánica. Por fin, nos echan a la calle, pero con la obligación de presentarnos en el Juzgado municipal en cuanto nos citen. A los cuatro días acudimos al juicio de faltas.
El cabo de orden público habla, en primer lugar, de nuestra falta de gusto. Le parecía mentira que una función, aplaudida por todo el mundo, no nos gustara.
-¡No lo comprendu! Y eso que estos señores dijeron en la prevención que eran escritores y poetas. Debe ser mentira, porque no se comprende.
Valle-Inclán desmiente al cabo de Orden Público. Él protestó, como militar, de que se sacara a escena a un sargento y se pusiera en ridículo a la nobilísima profesión de las armas. Protestó antes, protestaba ahora delante del juez.
Todos nosotros pretendemos declarar al mismo tiempo. El juez, señor flaco, renegrido, malhumorado, amenaza con llevar a la cárcel a quien alce el gallo. Después, en una larga perorata, el pollito elegante que actúa de fiscal nos demuestra que habíamos incurrido en el delito de no aplaudir, como lo hacía el público entero.
-¡Señor juez – exclama “el reventador”-, yo aplaudí!





-Es verdad; este señor aplaudió –asiente el cabo-; pero yo creo que aplaudía en chunga.

-Pues si el delito es el no aplaudir –dice García Cortés-, protesto de que se nos condene a los que ocupábamos el palco con este señor que aplaudía. Y el señor cabo de Orden Público no es quién para adivinar nuestros sentimientos y asegurar ahora que nuestros aplausos no eran sinceros.
La argumentación de García Cortés no tenía vuelta de hoja, y el juez, procediendo como un legítimo Salomón, condena al pago de multas y costas a los que ocuparon el palco donde no estaba “el reventador”. Es decir a quienes durante la representación se mantuvieron sin alborotar ni producir escándalo. A los otros los absolvía con toda clase de pronunciamientos favorables.
Nos vamos a la calle, y el angélico reventador, reventado de satisfacción, dice:
-¿Se habrán ustedes convencido de que un pateo siempre trae algo curioso?
Los condenados a pagar multa y costas se sintieron tentados de patear al pateador.
Creo que nadie pagó nada. El pobre alguacil del Juzgado, como un azacán, anduvo de la ceca a la meca persiguiendo a los morosos hasta que se convenció de que más gastaba en suela de zapatos que lo que le iba a proporcionar el tanto por ciento de multas tan incobrables…”

Ricardo Baroja (Gente del 98)

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