miércoles, 6 de abril de 2011

Berger / Puerca tierra



(…) La notable continuidad de la experiencia y del modo de ver el mundo del campesino adquiere, al estar amenazada de extinción, una inminencia sin precedentes e inesperada. Hoy esa continuidad ya no afecta sólo al futuro de los campesinos. Las fuerzas que hoy están eliminando o destruyendo al campesinado en la mayor parte del mundo representan la contradicción de muchas de las esperanzas contenidas en su momento en el principio de progreso histórico. La productividad no reduce la escasez. La expansión del conocimiento no lleva inequívocamente a una mayor democracia. El advenimiento del ocio en las sociedades industrializadas no ha traído la satisfacción personal, sino una mayor manipulación de las masas. La unificación económica y militar del mundo no ha conducido a la paz, sino al genocidio. El recelo del campesino con respecto al “progreso”, al haber acabado éste por imponerse, mediante la historia global del capitalismo monopolista y el poder que de ella emana, incluso sobre quienes intentan encontrarle una alternativa, no está tan fuera de lugar ni es tan infundado.
El recelo no puede formar por sí mismo la base de un desarrollo político alternativo. La condición necesaria para una alternativa tal es que los campesinos lleguen a tener una visión de ellos mismos como clase: un poder que, al ser asumido, transformaría su experiencia de clase y su carácter.
Mientras tanto, si nos fijamos en el curso que más probabilidades tiene de seguir la historia mundial en el futuro, concibiendo ya la ulterior extensión y consolidación del capitalismo monopolista en toda su brutalidad, ya una lucha prolongada y desigual contra él, una lucha cuya victoria no es segura, puede que la experiencia de supervivencia del campesinado esté mejor adaptada para esta dura y lejana perspectiva que una esperanza progresiva, continuamente reformada, desencantada e impaciente, en la victoria final.


Por último, tenemos la función histórica del propio capitalismo; una función que ni Adam Smith ni Marx previeron. El papel histórico del capitalismo es destruir la historia, cortar todo vínculo con el pasado y orientar todos los esfuerzos y toda la imaginación hacia lo que está a punto de ocurrir. El capital sólo puede existir como tal si está continuamente reproduciéndose: su realidad presente depende de su satisfacción futura. Esta es la metafísica del capital. Según ella, la palabra crédito, en lugar de referirse a un logro pasado, se refiere sólo a una expectativa futura. Hasta qué punto dicha metafísica acabó por dar forma a un sistema mundial, hasta qué punto ha sido traducida en la práctica como consumismo, hasta qué punto ha prestado su lógica para la categorización como atrasados (es decir, portadores del estigma y la vergüenza del pasado) de aquellos a quienes el propio sistema se encarga de empobrecer, son todas ellas cuestiones que exceden los límites de este ensayo. Por lo general, nadie ha dado el valor que se merece a aquella observación de Henry Ford: “La historia es una patraña”. El sabía exactamente lo que se decía. La destrucción de los campesinos del mundo podría constituir un acto final de eliminación histórica.

John Berger  (Puerca tierra)

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