lunes, 25 de abril de 2011

¿Borges? A mí, no. / A. Gándara


A todo el mundo que conozco le gustan los cuentos de Borges. A todo el mundo que he conocido, también. A mí, no. Algo de malo hay en mí (espero). En una discusión con amigos me proponen leer Emma Zunz, a ver si me entero. Me lo leo y resulta que es la historia de una chica que decide vengar a su padre y lo venga. El tema, en cambio, trata de una chica que decide vengar a su padre y lo venga. El desarrollo del argumento, por el contrario, habla de una chica que decide vengar a su padre y lo venga. Pero el verdadero asunto gira en torno a una chica que decide vengar a su padre y lo venga. El lector asiste perplejo al desencadenamiento de una acción que consiste en que una chica decide vengar a su padre y lo venga. Finalmente se descubre que una chica decidió vengar a su padre y lo venga. Así que reflexiono profundamente.

Pregunta procedente: ¿qué hace que una chica decida vengar a su padre? ¿O es una cosa que pasa mucho? Según Borges, la cuestión es intrascendente, porque lo que importa en realidad es que cuando una chica decide vengar a su padre, lo venga. Justificados de este modo acción y personaje, podemos deducir, a fuer de profundos y de ponernos pesados, que la hija decide vengar al padre, porque el padre era su padre y la hija era su hija. En otras palabras, que la paternidad lo es todo, así como lo es la venganza filial. Cada vez que maltraten a tu padre a ti te va a salir una vena vengadora. Ojo con lo que haces a los padres, ya que los hijos se vengarán. Se unen de este modo venganza y figura paterna, que desde Edipo a Puerto Hurraco fundan la psicología occidental. Para que la cosa no parezca lo que es, Borges remata el cuento con su proverbial sabiduría: “la historia era increíble, pero sustancialmente era cierta. Sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”. Y los CSI de Miami, sin enterarse. ¿Qué querrá decir? ¿Qué matar es matar y que sólo cambian los muertos, las circunstancias y la hora? A mí nunca se me habría ocurrido. Aunque no es menos cierto que me falta sensibilidad para la captación de obviedades universales.

A lo mejor todo lo anterior da igual y lo que importa es el lenguaje, tan inspirado. Extraigo algunas perlas: creciente oscuridad, profana incredulidad, singular alivio, infames avenidas, indiferente recova, desorden perplejo, último crepúsculo agravado, insípido trajín, barrios decrecientes y opacos, firme revólver, intrépida estratagema, considerable cuerpo, brusca sangre, etcétera y etcétera y etcétera. Cielos, qué envidia. Por qué no confesar que yo nunca hubiera acertado con tanta expresividad. Aún más: nunca me hubiera atrevido a publicarla. Juntándolo con lo anterior termino por descubrir la diferencia entre un genio y yo, a saber, la falta de valor. Triste y resignada verdad que no quiero sustraer a mis lectores. Ahí tenemos la razón por la que no me gustaban los cuentos de Borges. A mí, perplejo cobarde de agravado resentimiento.

“De Borges otros cuentos” Alejandro Gándara.

Fuente: Mi reino por un caballo




Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.

Jorge Luis Borges

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