lunes, 18 de abril de 2011

Canetti sobre Babel




Los diarios de Babel del año 1920. Se colige de ellos que Babel no pasaba por judío entre los judíos que conoció en el regimiento de caballería de Budjonny.
Los diarios, que luego dieron pie a sus relatos, contienen muchas cosas; la vida que llevó entre los cosacos durante la guerra fue una vida salvaje y plena. Los relatos parecen más ricos y espontáneos. Sólo el recuerdo confiere auténtica espontaneidad a la experiencia.
Babel fue apresado en 1939 y fusilado ya en 1940 en la Lubianka.
Lo leí por primera vez hace más de sesenta años. Y mi admiración por él no se ha visto mermada por nada de lo que he leído después.
De todos los autores rusos modernos es el que siento más próximo. Ahora veo que no me equivocaba al recordar su profundo respeto por Gogol y su veneración por Maupassant. Pero de Dostoievski y Tolstoi apenas me habló.

Lo visto en Babel es su mundo, tal y como surge.
Lo oído en él son los judíos. Lo específico de sus narraciones es el modo en que lo visto se mezcla con lo oído.
La forma en que se esconde de los judíos, a los que no pertenece menos que a Gorki, un ruso, o al francés Maupassant. Al fin y al cabo, les ofrece una madre judía, vínculo que lo hace totalmente incomprensible para ellos.




No hay nada más ajeno a Babel que la guerra. Precisamente por eso habrá de exponerse a ella. Lo que para los cosacos es alegría salvaje, para él es tortura. Pero ha de verla en todos sus detalles, a sus ojos la tortura no es una nimiedad.
En el diario, lo visto se reproduce a veces con excesiva fidelidad, en los relatos, nunca.
La manía persecutoria de Babel comienza pronto debido a los pogromos. Trata de escabullirse participando en la revolución. Se involucra en la guerra y precisamente por ello se acerca a los pogromos. El contenido de sus relatos le granjea la enemistad de importantes personalidades de esa guerra. Y allí comienza su ruina a manos de los esbirros de la revolución. Desde que publica “Caballería roja” hasta su fin, no deja de luchar por su vida. Se gana la confianza de los responsables de la persecución, frecuenta a su jefe. Sabe lo que le espera. Sabe, también, que es por escribir. Su escritura se ve paralizada por ello, y trata de ocultarlo tras una prosa evasiva y artificial. Inconcebible el terror bajo el que debió vivir. Lo ve todo claramente. Incluso en prisión se preocupa por sus manuscritos. Constituyen el texto del peligro. De no haber escrito, probablemente habría conservado la vida.



Elías Canetti

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