viernes, 8 de abril de 2011

Miguel Sánchez-Ostiz / El corazón de la niebla


Estar en el río es para mí como estar en otra parte, una manera de desaparecer, de estar solo para estar contigo mismo. El andar es muy parecido, incluso por la ciudad. El río y el bosque: Asturias, las montañas de León, las de Palencia, el Pirineo aragonés…He ido conociendo casi todas las fondas de esos lugares, sitios donde comer platos suculentos, donde poder caminar y hablar de naderías con el que está de paso, como yo, o con la gente del lugar, como si sus asuntos fueran los míos, o donde poder pasar unas buenas horas leyendo apaciblemente, sin más, porque como me dijo Matilde: “Pero Rafael, chico, que es que no te enteras de nada, que es que vives leyendo.”

Cuando murieron mi mujer y mi hija en aquel desdichado accidente provocado por un conductor que se dio a la fuga, y contra el que nada pudimos hacer, sólo asuntos como la pesca y el campo, la naturaleza, los viajes, y la lectura lograron que al final pudiera engañar mal que bien la soledad y ocultara el dolor. Es más de lo que tienen la mayoría. Entre tanto hubo unos años en los que nada de esto me sirvió para nada.

Después del accidente caí en una depresión de la que me costó salir. Estuve internado, incluso, unas cuantas semanas. Me fue de gran ayuda el médico con el que traté. No fue fácil, pero tuve suerte. Eso es todo. Tal vez lo cuente, pero no al hilo de esta historia. No podría. Me temo que relatar el propio dolor, ese viaje de regreso, esa pérdida, ese ver de pronto poco menos que vacía tu vida, no es algo que pueda por el momento encarar. Hay tiempo, creo yo, hay tiempo.

Fue entonces cuando me dediqué con más pasión que nunca a mis libros y a mis asuntos. Era un jubilado por anticipado. La amistad de Juan Miguel y de Matilde me fue de gran ayuda. No tenía mucho más a donde agarrarme, porque mi vida había sido más con ellas de lo que suponía, y no me sentía ya hecho un pimpollo como para ponerme a rehacer nada ni a emprender nada nuevo.


A mí me turbaba mucho aquel accidente criminal, en el que alguien, de quien nunca iba a conocer la identidad, me había quitado lo que para mí era lo más importante. Ni lo iba a saber ni nada me iba a resarcir de aquel daño causado. La casa de Madrid quedó súbitamente vacía. Tardé mucho tiempo en atreverme a entrar en el que había sido su cuarto. Había insistido siempre mucho Almudena en tener un cuarto propio, un pequeño despachito, con sus libros, su música, sus cuatro titos.

Padecí una depresión. Siempre amanece. Me inventé las ganas de vivir. Le volví a coger gusto a la vida. Eso fue importante. No podía yo colaborar con el empujón.

Miguel Sánchez-Ostiz  (Fragmento de: El corazón de la niebla)

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