sábado, 9 de abril de 2011

Miguel Torga



La Coruña, 04/09/1962

¡Mar! El mar vasco, el mar portugués, el mar andaluz, el mar catalán... El mar que Castilla nunca ha tenido y nunca tendrá... El mar que nunca ha visto y que jamás ha conseguido entender, que ha surcado con los ojos cerrados, en espera de desembarcar en cualquier playa y desenvainar la espada de la intolerancia... En Castilla el paisaje es el cielo... ha dicho alguien. Pues yo añado que en las demás naciones ibéricas el paisaje es el mar. Ese mar que tiñe de azul los ojos de los pescadores y que da aspecto aterciopelado al verdor de las viñas, de las huertas, de los olivares, de los bosques y de los pomares. Ese mar de donde viene la sal que condimenta el gusto y que transforma el devorar en el comer. Ese mar que da sargazo a la tierra hambrienta. Ese mar de los fenicios, de los griegos y de los romanos. Ese mar conviviente, civilizado y civilizador... Subo a la Torre de Hércules, mandada a construir por Trajano. Una torre que no es un ímpetu místico, sino un faro de terrena clarificación. Arriba, giro, como el halo de luz, alrededor de mi eje vertebrado de hombre litoral. Y, deslumbrado, estoy abarcando con la misma ternura a todas las tierras ribereñas peninsulares, hermanadas por el infinito océano en la misma nostalgia de lo lejano, en la misma comprensión de lo diverso, en el mismo sueño de fraternidad universal. ¿Qué cobardía paraliza el movimiento de todas ellas, a excepción de una? ¿Qué mordaza les impide hablar libremente? ¿Qué fuerza obliga a la pulpa dulce y fresca de esta fruta geográfica a identificarse con el duro, seco y amargo hueso?

Miguel Torga

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