martes, 12 de abril de 2011

Otrerías


Que por qué relaciono…

Bueno, en principio hay una coincidencia en el tiempo (el mío) que me provoca estas asociaciones. He visitado en CaixaForum una exposición del fotógrafo Jacques Henri Lartigue. Y por los mismos días se celebra en el “Reina” una muestra titulada “Una luz dura, sin compasión (El movimiento de la fotografía obrera, 1926-1939), si le añadimos que estoy leyendo por estas fechas las memorias de Canetti y Bernhard y que he vuelto a ver la muy ilustrativa película de Carlos García-Alix “El honor de las injurias”, pues ya tenemos todos los ingredientes, aunque no sean muy homologables, en la olla.




Y entonces comprendes, quizá patológicamente, que hay algo más que la intrascendente coincidencia temporal (de lo que miro y leo y del primer tercio del siglo XX), y te coscas de que en el mismo planeta, en el mismo continente, en el mismo país y en la misma ciudad hubo, por ejemplo, miles de niños de familias obreras, que llevaban una vida atroz, en chabolas oscuras e insalubres y viviendo como auténticos animales. En su mayoría acababan muriendo de cualquier enfermedad o de hambre y frío (ver en Fotografía obrera…en memorias de Canetti…en El honor de las…)
Y por el contrario, otros niños privilegiados (los muy menos) como el tal “Jacques” que: “Desde niño parecía poseer una aptitud especial para la felicidad y para disfrutar de la vida con una elegancia despreocupada. No obstante, dotado de una extrema sensibilidad, también tomó conciencia rápidamente de que todo aquello que experimentaba tan intensamente podía desaparecer: la felicidad y la juventud, la luz y la belleza son verdades fugaces.” ¡Chúpate esa!



Vaya por delante que la calidad “técnica” de la fotografía de Lartigue me parece extraordinaria. Sus “encuadres”, sus “punto de vista espacial”, sus “momentos”, su “dirección de modelos” y su constatable destreza, paciencia y perseverancia.

Eso resulta a “todas luces” indiscutible, aunque evidentemente en su “gama” no haya figurado nunca, vaya usted a saber por qué,  la “luz dura”, ni la “sombra” que, por ejemplo, obsesionaba a Kitaj (y a mí: sin “sombra” la luz cojea). Sin embargo, y precisamente por esa “cojera” paréceme que el “exquisito y cosmopolita artista”, era un poco cateto en su mirada y algo palurdo en sus conceptos y exhibía un conocimiento extremadamente limitado, chato y cretinoide del mundo.
Él vivía y veía en “Mayúsculas” y todo lo retrató Impoluto y Perfumado, el resto del mundo le importaba una higa. Él a lo suyo y con los suyos. Rothschild, Biarritz, Lacoste, Carreras de Coches, Playas de Hendaya, Niza, Tenis en París, Lagos suizos, Patinaje sobre hielo (qué pantalones, qué jersey de pura lana virgen con cuello alto (¿o se dice vuelto?), qué lago helado, que montaña cubierta de nieve de fondo, qué armonía en todo y en todos, qué marco más incomparable) todo ello, pero claro ni él ni los de su clase tenían la culpa (¿entonces quién declara las guerras?), en mitad de la primera gran escabechina mundialista en 1916…mientras millones de “no” escaqueados de la “obligatoria” llamada a filas (las malas lenguas dicen que con dinero muchos patriotas se libraban de tener que palmarla estúpidamente en el frente)  morían en las trincheras europeas con un aspecto deleznable, todo asquerositos de sangre y barro.



Pienso que su mirada era, ¿a sabiendas?, corta, manipuladora, parcial y falseadora. Desde mi punto de vista el objetivo de su cámara tenía orejeras (¿Hermés?) y carecía de anchura, altura y profundidad de campo. Así lo colijo de sus fotos y mucho más si hago un somero repaso por la obra de los “grandes” fotógrafos contemporáneos del señorito éste.



Pero en el catálogo oficial se puede leer: “La calidad de la mirada de Lartigue “sobre el mundo” reside tanto en la simplicidad y la gracia con que elegía sus temas como en la conciencia sensible de una repentina relatividad de las cosas, de una flotación de las realidades”…esta cita es literal, la mala leche, trayéndola aquí, es toda mía. Las estupideces como los colores, lo tengo comprobado, se maximizan por contraste.



Digo yo, que para que, en esas precisas fechas, en ese contexto histórico,  los Rothschild piloten coches de carreras en Montecarlo, los Lacoste jueguen al tenis en el Club de Campo y los Lartigue puedan fotografiarlos con “simplicidad y gracia”,  millones de personas, los “otros” se ven condenadas a  una existencia miserable de explotación y penurias y para remate y cada cierto ciclo de  años con “obligatorio” final sangriento en una aterradora y desaseada trinchera. Una “realidad”, que a mi modo de ver, “resulta inseparable y consecuencia” de la otra, y si no es así que me lo expliquen. Yo opino de esa manera, por muy “flotante” que nos “vendan” una de las realidades, la glamorosa, claro.




En los exquisitos negativos de Lartigue, por otra parte no exentos de interés, “no caben” (quizás ni siquiera se lo planteó) los obreros fabriles ni de los otros, los mineros, los campesinos, los niños explotados en las fábricas  propiedad del señor Rothschild. Bien mirado, no encajarían, no armonizarían, no dan bien a cámara, podrían herir ciertas sensibilidades, resultarían ofensivos, serían una “sombra” sucia y repugnante. Y así las cosas se explica, de forma contundente, su absoluta ausencia.
(Aunque pensándolo bien, estar puede que estén, porque ¿quién extrae el carbón? ¿quién fabrica las piezas y monta los coches? ¿quién siembra el trigo? ¿quién tiene nueve años y trabaja 12 horas diarias en el telar mecánico del que salen los jerseys de cuello alto que lucen los patinadores de los lagos suizos? Pero claro esto no se ve armado con una “despreocupada” mirada fotográfica, esto sólo se puede ver con una mirada tan cargada de interés artístico como “escrutadora” y que de camino también tenga un poquito de histórica, social y política. Y me temo que eso ya va a ser mucho pedir, da pereza sólo pensarlo.)





En cualquier caso no nos pongamos demagogos, no todo lo iba a “retratar” el tal Lartigue, esa “otra vida”  la que se pudre en el pringoso territorio de la miseria es la que aparece en las fotografías (anónimas y amateurs) y documentales de la exposición: “Una luz dura, sin compasión”, y ello sin tener que preparar juegos de luces, sin dirección de modelos, sin maquillajes, sin focos velados, sin puta la gracia…y también están presentes en las memorias de Canetti (que por cierto, eh, también era un vástago de una familia muy acomodada y además judía) y en la película de García-Alix, “El honor de las injurias”, que aparte de la “vida” del anarquista  Felipe Sandoval nos muestra un “telón de fondo” social e histórico que no es habitual encontrarse en las mejores pantallas, ni en los más premiados libros, ni en los influyentes suplementos culturales, ni en ningún lado que puedan incordiar.




Aunque habrá gente que opine que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Que “realmente” no procede relación ni asociación razonable. Que el arte, la belleza, el buen gusto y “el toque de clase” no tienen nada que ver con “las clases sociales”, con la “propiedad” de los “medios de producción”, con las guerras, con la explotación del trabajo infantil, con la tortura y el asesinato de sindicalistas,  ni con el “reparto de la riqueza” ni con…
Y yo admito que “eso” es una opinión, hoy por hoy hegemónica y además propia de clase dominante y reaccionaria (mayoritaria también entre la modosita clase media y entre los sectores más lerdos de los trabajadores), pero una opinión. Que como es natural no puedo respetar y trato, como buenamente puedo, de combatir. Faltaría más.

Que por qué relaciono…

(He preferido ilustrar la entrada con las fotos anónimas. Si se desea en Google hay mucho “arte” de Lartigue.)

ELOTRO

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