viernes, 1 de abril de 2011

Precipicios (36)

Precipicios (*) (*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer. Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…


EL PASO DEL ZBRUCH


El jefe de la Sexta División comunicó que Novograd-Volinsk había sido tomado aquel mismo día al amanecer. El estado mayor partió de Krapivno, en tanto que nuestro convoy, su ruidosa retaguardia, se extendía por la carretera que conduce de Brest a Varsovia, camino construido con huesos de mujiks por Nicolás I. Campos de purpúreas amapolas florecían alrededor de nosotros, el viento de mediodía jugaba con el amarillento centeno y el virginal alforfón se levantaba en el horizonte como la pared de un monasterio lejano. El plácido Volin zigzagueaba, se separaba de nosotros por entre la perlífera niebla de los bosquecillos de abedules, se introducía rampando en las floreadas colinas y enmarañaba sus debilitados brazos en las matas de lúpulo. El sol anaranjado rodaba por el cielo como cabeza cortada, un suave color se encendía en las grietas de las nubes, y los estandartes del ocaso ondeaban sobre nuestras cabezas. El olor de la sangre derramada la víspera, y el de los caballos muertos, se instalaba en la frescura de la tarde. El ennegrecido Zbruch murmuraba y retorcía los espumosos lazos de sus rápidos. Los puentes estaban destruidos. Atravesamos el río por el vado. Una luna majestuosa yacía sobre las olas. Los caballos penetraban en el río hasta el lomo, sonoros chorros de agua se deslizaban por entre centenares de patas. Alguien que se ahogaba increpó sonoramente a la Madre de Dios. El río se cubrió de negros cuadros –los carros- y de sordos ruidos, silbidos y canciones que resonaban sobre el serpenteo de la luna y las resplandecientes sinuosidades. Avanzada la noche llegamos a Novograd. En el alojamiento que me fue destinado encontré a una mujer embarazada y a dos judíos pelirrojos de fino cuello; un tercero dormía adosado a la pared, cubierta incluso la cabeza. En aquella habitación hallé los armarios revueltos, trozos de pelliza femenina esparcidos por el suelo, excrementos humanos y cascos de la vasija sagrada que los judíos usan una vez al año, por Pascua.

-Limpiadme esto –dije a la mujer-. En qué suciedad vivís, buena gente…


Isaak E. Bábel (Caballería roja)

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