sábado, 9 de abril de 2011

Precipicios (37)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho,  voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…




I. SUEÑO, JUEGO Y TEATRO


O cuando todas las noches –por pereza, por avaricia- volvía a soñar el mismo sueño: un camino color ceniza, llano, que corre a andadura de río entre dos muros más altos que la estatura de un hombre; luego se quiebra, se precipita en el vacío. Al asomarse a este punto desde una balaustrada de piedra volcánica, no desprende rumor o claridad alguna, pero me sorprende una frescura de pozo, y con ella el éxtasis de que sólo un irrisorio peaje acabe por separarme… ¿de qué? No me cansaba de preguntármelo, sin que bastara, no obstante, la impaciencia para despertarme; por el contrario, en un estado de desdoblada vitalidad, cada vez más arrebujado dentro de las maternas mucosas de las sábanas, y no por ello menos suelto y elástico, comenzaba a introducirme de gruta en gruta, teniendo por único asidero unos matorrales de yerbajos y algunas rocas resquebrajadizas, hasta el fondo del embudo, donde, entre paredes de cantera, crecían confusamente unos árboles (de los árboles sólo alcanzaba a soñar los nombres, y he tardado en aprender a incorporar las formas a los nombres).

Al pie del talud, frente a la senda que arrancaba de él, y parecía con su claro surco compensarme tanto del cobijo que había dejado a mis espaldas como del nuevo horror del aire, titubeaba un instante, en espera de que se sosegara en mi garganta la zozobra de la aventura, y los ojos conquistaran alguna familiaridad con las visiones del bajo bosque y su infantil movilidad. Amainado el viento, cuya mano en diferentes ocasiones, como la mano de un cómplice, me había retenido o empujado en el descenso, el silencio era absoluto; mis pasos, los pasos de una sombra. Sólo bastaba avanzar un poco, y he aquí, en el lugar de siempre, sentados, como en el purgatorio, uno detrás de otro, unos hombres vestidos con impermeables blancos, que intercambiaban entre sí jirones de sonidos, una papilla de sílabas balbucientes rumiadas eternamente por mandíbulas seniles. Me acercaba a ellos con una turbación que la costumbre no conseguía aliviar. Alzaban tristemente la frente, todos a un tiempo insinuaban una prohibición, me gritaban con órbitas apagadas: vete de aquí. No lograba obedecer, sino que de rodillas, a unos metros de distancia, retorciéndome los dedos detrás de la espalda, esperaba a que uno se moviera, el más demacrado, el más anciano, un culebreo de arrugas entre las dos puntas de las solapa, y simplemente inclinándose a recoger una piedra, revelara detrás de sí, en la entrada de un subsuelo hasta entonces invisible, concha de apuntador o hendidura flegrea, la exhumada y fugaz nuca de ella, Eurícide, Sesta Arduini, o como diablos se llamara…

Gesualdo Bufalino  (Perorata del apestado)

No hay comentarios:

Publicar un comentario