sábado, 16 de abril de 2011

Precipicios (38)



Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho,  voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…




I. EL CASERON DE RENIEGA



Ahora, cuando en el jardín veo caer, al trasluz del sol de la tarde, las hojas de los castaños de Indias, todavía verdes con los bordes color tabaco, y formar, con las de otros árboles y otras estaciones, una espesa y rumorosa alfombra, de la que asciende un olor intenso a tierra húmeda, a putrefacción vegetal, a algo que pertenece al ciclo regular de las estaciones, y pienso en los meses que me aguardan, sé que al final he regresado y sólo me inquieta el pensar si podré alguna vez alejarme de esta casa.
La habitación que ocupo, y donde he metido, una vez más, mis libros y buena parte de esos objetos de los que, por una razón u otra, no he podido o no he querido desprenderme, da sobre esa parte del jardín que está protegida por un gran laurel. Lo veo agitarse frente a mi ventana y escucho el pesado rumor de sus ramas hasta bien entrada la noche. De ese árbol, de unas vidas más soñadas a la postre que vividas, y de muchas otras cosas hablaban tía Magdalena y tío Estanislao; pero de ellos, como de los otros, como de aquellos a quienes no conocí o apenas recuerdo, no quedan más que retratos, habitaciones vacías, objetos personales que solamente unos pocos podemos saber que fueron suyos.
En estos últimos doce años, acaricié muchas veces la posibilidad de venir a refugiarme entre estas paredes. Como si sólo entre ellas pudiera encontrar un lugar que no me fuera extraño, enemigo. Y talvez así hubiese podido ser. Imaginaba los días dedicados a la lectura plácida, abajo, frente a la chimenea del salón, que en esta casa recuerdo encendida desde finales de septiembre hasta bien entrado el mes de mayo, o en verano, bajo el laurel, sentado a la mesa de piedra que tiene el borde tallado con unas alegorías populares de los puntos cardinales que, por no sé qué capricho, no coinciden, al menos en la posición en que está ahora, con los reales. De niño oí decir que era una brújula petrificada. Pero todo esto pertenece al tiempo que tía Magdalena y tío Estanislao vivían, y llenaban la casa con su presencia, sus excentricidades, sus conversaciones, y en el fondo a un mundo que parecía estar destinado a durar para siempre y no a desaparecer ante mis ojos como borrado por un huracán.
Siempre supe que esta casa no era ni iba a ser nunca la mía…

Miguel Sánchez-Ostiz   (Los papeles del ilusionista)

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