domingo, 24 de abril de 2011

Richard Serra



Uno de los primeros recuerdos que conservo es aquel en que cruzaba en coche con mi padre, mientras el sol comenzaba a salir, el puente colgante de San Francisco. Íbamos a unos astilleros, donde mi padre trabajaba como tubero, a ver la botadura de un barco. Era el día de mi cumpleaños, en otoño de 1943. Había cumplido cuatro años. Cuando llegamos, el casco de acero negro, azul y naranja del petrolero estaba nivelado sobre una cuna. Era desproporcionadamente horizontal, y para un niño de cuatro años tan grande como un rascacielos tumbado sobre un costado. Recuerdo que recorrí el arco del casco con mi padre, contemplando la gigantesca hélice de bronce asomando entre los puntales. De pronto, en un súbito despliegue de actividad, las escoras, puntales, calzos de madera, pértigas, perfiles, cuñas de quilla… todos los materiales de contención fueron retirados, se soltaron los cables, se liberaron los grilletes de la proa.



Había una total falta de lógica entre el desplazamiento de un tonelaje tan enorme y la rapidez y habilidad con que se llevaba a cabo la labor. En cuanto el andamiaje fue desmantelado el barco se movió rampa abajo hacia el mar, acompañado de un creciente estruendo de celebración, de chillidos, de sirenas, de gritos y silbidos. Liberado de sus puntales, los troncos rodando, el barco abandonaba su cuna con un movimiento cada vez mayor. En un momento de intensísima ansiedad, el petrolero en ruta, vibrando, balanceándose se inclinó hacia delante y se precipitó al mar, medio sumergido, para inmediatamente emerger y elevarse hasta encontrar su equilibrio. No sólo el petrolero había conseguido recuperarse; todo el gentío que observaba se recuperó también al comprobar cómo el barco, momentos antes un peso enorme e inerte, se transformaba en una estructura libre y flotante, a merced de las aguas. Toda la materia prima que necesito está contenida en este recuerdo, que se ha convertido en un sueño recurrente.




El peso es para mí un valor esencial; no es que sea más atractivo que la ligereza, pero sencillamente sé más sobre lo pesado que sobre lo ligero, y por tanto tengo más cosas que decir sobre ello, más que decir sobre el equilibrio del peso, la disminución del peso, la adición y sustracción del peso, la concentración del peso, la manipulación del peso, la contención del peso, el emplazamiento del peso, la retención del peso, los efectos psicológicos del peso, la desorientación del peso, el desequilibrio del peso, la rotación del peso, el movimiento del peso, la direccionalidad del peso, la forma del peso. Tengo más que decir sobre los constantes y minuciosos reajustes del peso, más que decir sobre el placer derivado de la exactitud de las leyes de la gravedad. Tengo más que decir sobre el procesado del peso del acero, más que decir sobre la fundición, el taller de laminación y los altos hornos.



Es difícil expresar ideas sobre el peso utilizando objetos de la vida diaria, pues la labor sería infinita; hay una imponderable inmensidad que pesar. Sin embargo, puedo dejar constancia de la historia del arte como una historia de la singularización del peso. Tengo más que decir sobre Mantenga, Cézanne y Picasso que sobre Botichelli, Renoir y Matisse, aunque admiro lo que me falta. Tengo más que decir sobre los monumentos infundidos por la muerte, más que decir sobre el peso, densidad y concreción de innumerables sarcófagos, más que decir sobre tumbas y enterramientos, más que decir sobre Miguel Ángel y Donatello, más que decir sobre arquitectura inca y micénica, más que decir sobre el peso de las cabezas olmecas.




Todos estamos condenados y coaccionados por el peso de la gravedad. Sin embargo, Sísifo empujando infinitamente el peso de una roca montaña arriba no me atrae tanto como la labor del incansable Vulcano en lo más profundo de un cráter humeante, golpeando y dando forma a la materia bruta. El proceso constructivo, la concentración y el esfuerzo diario me fascinan más que cualquier revelación, más que cualquier búsqueda de lo etéreo. Todo lo que elegimos en la vida por su ligereza se revela en poco tiempo como un peso insoportable. Estamos enfrentados al miedo de ese peso: el peso de la represión, el peso de la coacción, el peso del poder, el peso de la tolerancia, el peso de la decisión, el peso de la responsabilidad, el peso del desastre, el peso del suicidio, el peso de la historia, que corroe y erosiona los significados hasta reducirlos a una estudiada estructura de ligereza aprehensible. El saldo de la historia: la página impresa, el parpadeo de la imagen, siempre incompleto, fragmentado, siempre dejando a un lado parte del peso de la experiencia.



Es esta la diferencia entre el peso prefabricado de la historia y la experiencia directa lo que evoca en mí la pulsación de hacer cosas que no se han hecho antes. Intento confrontar una y otra vez las contraindicaciones de la memoria y limpiar de nuevo la pizarra, confiar en mi propia experiencia y mis propios materiales, aun cuando me enfrente a una situación que esté más allá de cualquier esperanza de éxito. Inventar métodos sobre los que no sé nada, utilizar el contenido de la experiencia para que se revele como algo conocido, para después cuestionar la validez de esa experiencia y por tanto retarme a mí mismo.

Richard Serra.

Fuente: Mi reino por un caballo

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