viernes, 13 de mayo de 2011

Emile Bernard / ELOTRO


Emile Bernard, también existe.


“(…)
dudando
rodando
brillando y meditando
antes de detenerse
en algún punto último que la consagre
Todo Pensamiento emite una Tirada de Dados
UNA CONSTELACIÓN.”

S. Mallarmé  (Una tirada de dados nunca abolirá el Azar)


1. El otro día paseaba por las salas del museo Thyssen, concretamente por el ala de la colección “privada” de Tita, -la “pública” también lo parece- y tuve un encontronazo con un cuadro. Que yo recuerde nunca antes me había fijado en él. Es un cuadro del pintor francés Emile Bernard. Decía encontronazo porque fue como si el lienzo se hubiese descolgado de la pared y colocándose frente a mí y cogiéndome firmemente de las solapas, es un decir peliculero, me hubiese dicho: ¡eh!, tú, no tengas tanta prisa: es la decimosexta vez (sic) que pasas por aquí y ni siquiera una triste mirada; de hoy no pasa tío, tenemos que hablar. Vencido mi desconcierto y, así las cosas, el tono lo estimé demasiado imperativo, nada amable, aunque no impertinente, y no teniendo –como de costumbre- por mi parte nada mejor que hacer, y aunque no me apetecía la propuesta ni por asomo, dije: venga, charlemos.



2. El cuadro, visto “in situ”, en la reproducción pierde mucho, es magnifico, muy luminoso, cada una de las siete figuras, a escala caprichosa, va a su bola pero sin embargo poseen “algo” cada una de ellas que colabora a la armonía del conjunto, manchas de color arbitrarias y nítidamente perfiladas nos desvelan de forma plana, la tierra, el cielo, los árboles y cierta perspectiva geométrica; se titula “Bañistas” y mide 47 x 57 cm., desde mi punto de vista el tamaño es lo único que le impide ser una “gran” pintura (“El cuadro forma parte de una serie de obras pintadas por Bernard en 1889 en relación con un mural -hoy destruido- en el que el artista trabajaba por entonces.”Se lee.) , los “maestros”-y los aprendices de los discípulos- también tienen que saber de escalas, y claro, dominarlas. La obra es de Bernard pero nada más verlo, y aquí empieza la “injusticia tontona de las etiquetas”, me recordó a Cézanne y a Matisse. Por la construcción, el tema y la composición a Cézanne; por el color y el tratamiento en “plano” a Matisse. También creo que se puede apreciar cierta atmósfera propia de la obra “tahitiana” de Gauguin y ya puestos ecos de El Greco, en la estilización de algunas figuras. (arriba)


3. Conocía muy poco de la vida y la obra de Bernard. Siempre, casi nunca,  en mi memoria aparecía en muy segundo plano. “Nacido en Lille, fue hijo de un comerciante de telas. Con 16 años ingresa en la Academia de Fernand Cormon en París, donde coincide con Toulouse Lautrec, y de la que fue expulsado a los doce meses, debido a sus experimentos con la sintaxis del impresionismo y del puntillismo, y sobre todo por su insolencia y disipación.” No se aclara si la insolencia fue o no posterior al relajamiento moral. En fin, nuestro amigo Bernard ya de joven apuntaba maneras “antiacadémicas”.



Con Cézanne:
Bernard fotografió en diversas ocasiones (1904) al viejo Cézanne. Que éste le recibiera en su casa  de Arles, paseara y charlara amigablemente con él, se carteara y además se dejara fotografiar en el taller, dice mucho de la capacidad de seducción, y por qué no de cierto tipo de inteligencia de Emile. La obra que nos ocupa está en deuda “sobre todos” con Cézanne, hasta en el título.
Paul Cézanne era, con diferencia, el más arisco, más intratable y más desconfiado de los pintores del fin de siglo. Motivos no le faltaban. Era su respuesta a las burlas y humillaciones a que había sido sometido, en toda su trayectoria artística,  por todos los estamentos del arte oficial y por la mayoría de sus colegas e incluso amigos del alma (recuérdese a Zola –su miopía pictórica fue escandalosa-  y el retrato que le hizo en su novela “La obra”).



Con Gauguin:
Cuando él tenía veinte años y Gauguin cuarenta, en la segunda mitad de la década de 1880 estaban elaborando, en la región de Pont-Aven que dio nombre al grupo,  una pintura de contenido “simbólico”, fruto de la imaginación y no inspirada en un modelo real, lo que representaba una apuesta de  ruptura con el Impresionismo. La técnica de los colores planos encerrados en marcados contornos enfatizaba la “independencia” de cada uno de los elementos, frente a la opción impresionista de “unificación e interrelación” bajo una misma luz y una única atmósfera. En 1891 llegó la ruptura, Émile Bernard acusa a Gauguin de atribuirse todos los méritos de las invenciones del grupo “simbolista”. Es curioso pero Cézanne también acusaba a Gauguin y a Vincent de robarle sus hallazgos. A la luz de las obras de la época parece evidente que ambos acusadores tenían parte de razón, pero, ¿acaso ellos mismos no obraron de la misma manera con sus predecesores?, y estoy pensando en uno al que robaron “todos” y bastante, El Greco. Una especie de Kafka de la pintura.




Con Van Gogh:
“El 27 de julio Van Gogh entró en un campo de trigo y se disparó en el pecho. Volvió tambaleando hacia su habitación, donde dos días después, el 29 de julio de 1890, murió con Theo a su lado. Fue enterrado en Auvers al día siguiente. Entre quienes despidieron a Vincent estaban Lucien Pisarro, Emile Bernard y Pere Tanguy. Bernard mas tarde describiría su ataúd cubierto de flores amarillas, su caballete y sus pinceles.” Se cuenta.
Bernard disfrutó de una excelente relación, personal, de trabajo y epistolar, con Vincent. Sobre la curiosa foto de arriba (1886-7), donde Van Gogh con chaqueta y sombrero de fieltro se sitúa, parece ser que a sabiendas,  de espaldas a la cámara: “La imagen fue tomada en el camino que bordeando el Sena conducía a la localidad cercana de Asnières en las afueras París, donde Emile Bernard vivía con sus padres. Siguiendo esta rivera, al fondo, se encontraría el lugar donde ambos pintaron su vista del El puente de Asnières en 1887.”


Con Matisse:
En obras como “La alegría de vivir”, observamos cómo se yuxtaponen y se interrelacionan las influencias, Cézanne, El Greco, Bernard, El simbolismo, El fauvismo, las bañistas, el cromatismo caprichoso, siluetas recortadas sobre fondos de colores planos, trozos de abstracción, el juego de las escalas…
Matisse sólo citaba a Cézanne pero…



y hasta con Picasso:

Bueno en este caso se cruzan aún más los hilos, las chupadas y los lametones. La etiquetada época azul de Picasso siempre se ha sabido que debía mucho al estilo de El Greco, no tanto en el tratamiento del color como en las formas. Pues resulta que si observamos con atención el precedente cuadro de Bernard titulado “Los músicos españoles”, descubrimos “otra” de las apropiaciones de don Pablo. En fin, la cueva de Altamira más la cueva de Alí Babá, así son las cosas en el mundo del arte donde se “roba” inmoderadamente y que yo sepa ninguno de los “grandes” ha podido “sustraerse” a dicha costumbre. Ahora bien, el lugar adónde llevó Picasso sus “apropiaciones” estaba a años luz del terreno que pisaba Bernard. Todo sea dicho.


Tanguy era un personaje “importantísimo” para los pintores, impresionistas y postimpresionistas,  que vivían en París a finales del siglo XIX. Regentaba una pequeña tienda de artículos de dibujo y pintura, una droguería, en Montmartre, suministrando material habitualmente a los artistas.
En muchas ocasiones, y a pesar de que su “santa” esposa le repetía constantemente que aquel grupo de borrachos y fracasados los llevarían a la ruina, aceptaba un cuadro como pago de las deudas contraídas por los artistas, llegando a formar de tal manera quizá la mejor colección privada de pintura contemporánea de la época. Fue Tanguy uno de los promotores principales del "desembarco" de estampas japonesas en Europa y que vendía y exponía en su tiendecita. Fue en su local, sala de exposiciones y lugar de encuentro y tertulia, donde los pintores podían conocer la obra de sus contemporáneos – parece que fue allí donde Bernard vio unas “bañistas” de Cézanne que le inspiraron nuestro cuadro- y además descubrieron los grabados japoneses – Monet se convirtió en un gran coleccionista- apropiándose de camino de sus “novedosos” recursos compositivos. Esta afición por lo oriental hace que Van Gogh sitúe, en el retrato que hizo de Tanguy, y , tras su oronda figura, un buen número de estampas.
El carácter de tipo bonachón y amable del comerciante también se refleja en el retrato que le hizo Bernard a su proveedor y amigo. (arriba)



4. Después de este breve repaso se puede ver que este Bernard orinó en muchas esquinas, sólo hay que ver la nómina de sus “conocidos” para darse cuenta de su “olfato” excepcional (habría que citar también a Toulouse-Lautrec, Degas, Auguste Renoir, Ignacio Zuloaga…). Muchas de sus pinturas, eso no se debe poner en duda,  son magníficas e “históricamente” importantes. Pero no supo o no pudo consolidar su aportación. Después del año 1905, ¡en pleno desarrollo de las vanguardias!,  abandonó su experiencia simbolista y realizó, acosado por depresiones y pulsiones autodestructivas, una pintura académica y ecléctica con pretensiones neorrenacentistas. Lamentable incluso para él.
Entre paréntesis deberíamos reseñar una odisea “bolañesca”: “En 1910, bajo las celebraciones del Centenario de la Independencia Mexicana, el entonces presidente de dicho país, Porfirio Díaz realizó un concurso para diseñar la sede del Palacio Legislativo de la  Ciudad de México y el diseño de Bernard fue el ganador, aunque los estragos de la Revolución Mexicana, deformaron el diseño, que era muy distinto al que Bernard planeó.” Las malas lenguas dicen que esta aventura, incluyendo el premio, estuvo salpicada de  muchas más sombras que luces. Sus viajes le llevaron a Egipto, donde creo que se casó, a Sevilla y en 1921 viajó a Venecia, dónde estuvo siete años dedicado principalmente a la escritura. Cuentan que fue poeta y teórico, pero no conozco nada de sus escritos. No me negarán que en Bernard hay una “novela tocho” y unos cuantos cuentos.



5. Bernard murió en París, olvidado de todos, en el año de 1941.


ELOTRO

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