domingo, 8 de mayo de 2011

Las ventajas de la sumisión, según el “señor marqués”.



El escribidor sí tiene quien le premie

Bajo su sólida pericia de contador de historias, siempre ambientadas bajo una mullida poltrona histórica regionalista, fue capaz de cosechar el mejor extracto de esa frescura tan singular que se obtiene de los exóticos paisajes latinoamericanos, y nunca detuvo un instante su destino de civilizar. Su experiencia tal vez le hizo leer lo peor del mundo según dos dimensiones, ambas contrarias a la libertad: las dictaduras de derecha, condenables por atrasadas, represivas, corruptas, injustas, sangrientas —“Conversación en la Catedral”, “La fiesta del Chivo”— y las intentonas revolucionarias o populistas, condenables por ingenuas, corruptas, casi como si se terminaran revelando iguales a las primeras. Pareciera que se fue convenciendo de la inocencia del poder económico: los flagelos totalitarios eran males de la incivilización, no del sistema económico injusto; los ricos y los pobres podían vivir en libertad, siempre que los primeros fueran evolucionado señores respetables capaces de no tentarse por excesos instintivos, y los segundos unos ubicados sufrientes, persuadidos de las ventajas de una ordenada sumisión. Por ello cuidó muy bien el balance: siempre que los dictadores de derecha aparecieran inviables y bestiales, los pretendientes de la transformación económica radical aparecerían anacrónicos, delirantes, mesiánicos, salvajes, risueños, tullidos o irracionales, en definitiva igualmente execrables. En “La guerra del fin del mundo” las aspiraciones contra-liberales se retratan coloridas para reducirse a regionalismo antropológico, versión exótica y anacrónica de la barbarie. Luego, en la poco atendida “Historia de Mayta”, bajo la forma de una indisimulada mixtura entre investigación biográfica y novela, rinde esos homenajes en clave despectiva y piadosa a las aspiraciones ingenuas del militante de izquierda revolucionaria; y lo hace puto con tal de despertar un poco más de compasión.
Quedará para los expertos la discusión estética, los méritos artísticos, las abalanzas y los pisotones, siempre inimputables dentro de un arte como la literatura que es insólitamente juzgado por un tribunal de pares hambrientos del mismo alimento. De mi parte he pasado buenos momentos leyendo al civilizador, por lo que espero que este premio, en sus horas creativas finales, lo intime a una saciedad reflexiva. Podrá, quién sabe, repasar a quién ha servido; si a bellos ideales o al enfermizo interés de personas concretas, nunca es tarde para civilizarse a uno mismo.

Tino Hargén

Fuente: hargentina. blogspot

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