lunes, 16 de mayo de 2011

París / John Berger


(Para Pilar, la mediana de Juan)


El misterio de París

En la Place du Teatre, detrás del Sacre Coeur, que define el perfil del norte de París, docenas de pintores exponen sus lienzos del Sena, Notre Dame, los bulevares. Baratos, kisch y en pintura al óleo de verdad. No dejan de ser sinceros, sin embargo. Las intenciones del arte pobre son sencillamente más simpáticas que las del gran arte. De vez en cuando uno o dos turistas compran un cuadro, pero el negocio más interesante es el de los retratos.
De mesa en mesa, en los cafés de la placita, otros pintores abordan educadamente a los extranjeros y visitantes de provincias. Un dibujo rápido al carbón o a la sanguina. El precio puede llegar a 10.000 pesetas. Un número sorprendente de turistas aceptan, posan en la esquina de la calle durante un cuarto de hora hasta que son dibujados, pagan y se van tan contentos. ¿Por qué?
La respuesta nos conduce a otra pregunta. ¿Por qué va la gente a los museos? ¿Gusto por el arte? No lo creo. La gente en realidad va a los grandes museos a ver a los que vivieron en otras épocas, va a ver a los muertos. Por la misma razón, los turistas que posan de pie, inmóviles durante un largo cuarto de hora en una acera de la Place du Teatre, creen que si “les cogen el parecido”, su aspecto ya estará preservado para el futuro, para la vejez, para sus nietos. Diez mil pesetas por seguir estando allí después de estirar la pata no es tanto dinero.


Lo que sin duda resulta ridículo en este comercio es la idea, cuidadosamente fomentada, de que al haber sido dibujados en la Place du Teatre los retratos están de alguna manera “legitimados” por Renoir, Van Gogh, Utrillo, Picasso y todos los demás grandes pintores que hace más de medio siglo trabajaron, bebieron y pasaron hambre en el mismo barrio, a un tiro de piedra de la placita. Tal cosa no obstante, es una cuestión de la crítica artística y tiene muy poco que ver con la apuesta ontológica de que el parecido, una vez captado, encierra el misterio del Ser.
El misterio de París. ¿Cómo puedo hacer un retrato de la ciudad? No el oficial, acuñado en las monedas de la historia. Algo más íntimo. La fecha de mi nacimiento indica que fui concebido en un hotel situado entre la Madeleine y la Opera.
Cuando fue construida, en el siglo XIX, la Madeleine fue muy admirada porque más que una iglesia parecía un banco. Era un monumento a la mundanalidad que guardaba la distancia apropiada con respecto a la imagen original de la Magdalena lavando los pies polvorientos de un predicador. Hoy, por dentro, es como un almacén medio vacío para todo tipo de promesas públicas incumplidas.




Prefiero pensar que aquel hotel de 1926 estaba más cerca de la Opera. Tal vez en donde hoy, en un sótano, dos pisos por debajo del nivel de la calle, hay baile todas las tardes. Las luces estroboscópicas forman un círculo de colores; al otro lado de la pista, el girar de las parejas se repite en un gran espejo. La música es retro: valses, tangos, foxtrots. Es una anticuada cueva de Aladino; una cueva llena de resplandores en donde el tiempo, las fechas, la edad se dejan a un lado (no se olvidan) entre las 4 y las 7 de la tarde.
Los hombres, maduros y con trajes bien cortados, vienen a relajarse bailando con mujeres desconocidas. Las mujeres, más jóvenes, distinguidas y un poco desencantadas con la vida, vienen con la esperanza de encontrar un viudo amable. No son prostitutas. Su sueño es convertirse en esposas o amantes compresivas. Hay un bar, pero casi nadie bebe. El primer placer es el baile, y todos bailan excepcionalmente bien.
Tanto los hombres como las mujeres se enorgullecen de ser expertos en vivir sin ilusiones. En esta experiencia hay algo de la típica melindrería parisina. Una nota de distinción. Lo conmovedor es que aquí, entrelazada con la música, entre las 4 y las 7 de la tarde, todavía alumbra intermitentemente y persiste una esperanza irracional.


En 1926, cuando fui concebido, yo era una esperanza sin experiencia, embalsamado con dulces ilusiones, pues mis padres no eran parisinos. Para ellos la ciudad era una sencilla luna de miel. Para mí es la capital del país en el que vivo desde hace 25 años. Y, sin embargo, lo que distingue a París de cualquier otra ciudad tal vez no ha cambiado tanto. ¿Cómo hacer su retrato?

Coge el primer metro desde cualquier zona del extrarradio una mañana de verano. Revolotean las primeras golondrinas. Los cubos de basura, todavía sin vaciar, bajo los árboles. Un incongruente maizal entre los bloques de viviendas. Los suburbios de París exigen su propio retrato. Entre ellos se encuentran los únicos detalles que se conservan del mundo que pintaron los impresionistas.


Son anacrónicos, improvisados, parece que hubieran sido construidos de contrabando. Eran marginales: mucho antes de que la palabra se pusiera de moda. Un hombre con gesto somnoliento poda el seto de su minúsculo jardín; aún lleva puesto el pijama. Colmenas. Un quiosco de hamburguesas todavía cerrado, pero con el olor a aceite rancio. Los parisinos ricos no viven en el extrarradio: viven en el centro. Coge el tren.
Todavía hay poco tráfico. Los coches aparcados en las calles parecen juguetes silenciosos. El olor a croissants recién sacados del horno en una patisserie inunda una esquina. Es hora de vestirse. En una frutería, dos hombres colocan la fruta y las verduras como si fueran delicados sombreros. En un café, un parroquiano lee ayudándose de una lupa las cotizaciones de bolsa en el periódico de la mañana. No ha tenido que pedir el café que acaban de servirle. Riegan la última calle. ¿Dónde está la toalla mamá?
Esta extraña pregunta ronda la mente porque a nada se parece tanto el corazón de París como al interminable interior de una casa. Los edificios se convierten en muebles; los patios, en alfombras y tapices; las calles son galerías; los bulevares, invernaderos. Es una casa de hace uno o dos siglos, rica, burguesa, distinguida. La única manera de salir, de cerrar la puerta tras uno, es dejar el centro.


El gran número de tiendecitas, artesanos, boutiques, constituyen el personal de la casa, sus sirvientes, allí presentes, día y noche, para su continuo mantenimiento. Sus oficios están curiosamente interrelacionados; peluquería y escultura, labores de aguja y carpintería, sastrería y albañilería, encajes y hierro forjado, modistería y pintura. París es una mansión. Sus sueños son los más urbanos y atestados del mundo.
Basta con contemplar el estudio de Balzac. (Hoy un museo, en la rue Raynouard, 16.) La habitación no es extravagante. Lejos de ello. Pero está amueblada, cerrada, empapelada, pulida, taraceada hasta tal punto que cualquiera que no sea parisino sentiría claustrofobia. Y, sin embargo, es de lo más apropiada para la imaginación de la ciudad: las novelas de Balzac tratan de la propiedad, el corazón humano, el destino. Y en París el lugar de encuentro natural de todas esas fuerzas es el salón. Los campos de batalla son camas, alfombras, mostradores. Todo lo que se hace en París es para usar en el interior. Incluso la maravillosa luz plateada típica del cielo parisino parece una claraboya enmarcada.


¿Quién vive en la mansión que es París? Todas las ciudades tienen un sexo y una edad que no guardan relación alguna con la demografía. Roma es femenina. Como también lo es Odesa. Londres es un adolescente, un golfillo, y en esto no ha cambiado desde los tiempos de Dickens.
París, creo yo, es un joven enamorado de una mujer mayor que él. Algo malcriado por su madre, no tanto con besos como con regalos; buena comida, buen calzado, loción para después del afeitado, libros encuadernados en piel, sobres distinguidos. Habla de todo, es guapo (quizá, por una vez, la palabra debonair sea la adecuada) y tiene una valentía especial. La vida se representa en un escenario, y él quiere ser ejemplar, sin que le importe el riesgo. Su padre fue su primer ejemplo de experto. Ahora él también lo es. Hay cierta complicidad entre los dos hombres y también una ligera ansiedad, pues corren el riesgo de tener la misma amante. Ella también es París y si cada ciudad tiene una sonrisa que le es peculiar, en París es la suya.
Intento pensar en un cuadro conocido que contenga una sonrisa parecida, pero no encuentro ninguno. La ves con frecuencia cuando paseas por la ciudad. El Boulevard Charonne es proletario, caluroso en verano, sin sombra. Una mujer gruesa, de brazos fornidos, vestida con un traje de flores bebe una cerveza en la terraza de un café. Bajo la mesa hay un perro de orejas tiesas al que ella va dando cacahuetes.


Pasa un vecino, se detiene en su mesa. La mujer va a la barra a por una gaseosa para su amigo. ¡Qué guapa es tu ama!, le dice el vecino al perro. Cuando la mujer vuelve con la gaseosa, su amigo le dice riéndose: “No me importaría que me guiaras. ¡Mientras la correa no fuera demasiado corta!” Y la mujer del vestido de flores, que debe de andar por los setenta, sonríe con esa sonrisa inimitable de experiencia indulgente y lúcida a un mismo tiempo.
Con frecuencia, los cementerios son inesperadamente reveladores de la vida de los vivos. Éste es el caso del Pére-Lachaise. Necesitas un plano, así es de grande. Algunas zonas están construidas como ciudades: con calles, cruces, calzadas; cada casa es una tumba o un panteón. Los muertos reposan allí en propiedades amuebladas, todavía protegidos del exterior. Cada tumba tiene una licencia y un número: Concession Perpetuelle Numero…Es el más urbano y el más profano de los cementerios.
¿En dónde si no, por ejemplo, encontraría uno la tumba de un padre con una inscripción, encargada por la familia, que dice: “Presidente de la Sociedad de Alta Peluquería de Caballeros. Campeón Mundial. 1950-1980”?



Ciertamente, este cementerio es un mausoleo a la propiedad. Pero también lo es a los héroes populares: los últimos 147 Communards que, tras un juicio sumarísimo, fueron fusilados aquí contra un muro en 1871; Sarah Bernhardt, Edith Piaf, Chopin. Todos los días viene gente a visitarlos y a escuchar su silencio.
Hay también otro mausoleo más misterioso, que es la razón de que hayamos venido: el sepulcro de Victor Noir. En 1870, el príncipe Pierre Bonaparte, primo del emperador Napoleón III, escribió un artículo en un diario corso reaccionario en el que atacaba la buena fe de un periódico radical parisino llamado “La revanche”. El director de éste envió a Victor Noir y a otro periodista a exigirle al príncipe una excusa. En su lugar, Pierre Bonaparte sacó la pistola y disparó contra Victor Noir, matándolo en el acto.
El ultraje popular provocado por este asesinato de resentimiento político convirtió en un héroe nacional a un joven hasta entonces relativamente desconocido, y el escultor Jules Dalou hizo una efigie para su tumba. De tamaño natural, fundida en bronce, muestra al joven Victor Noir (tenía 22 años) muerto en el suelo un instante después del disparo.



Dalou era un realista y produjo unas obras escultóricas cuya visión tiene algo en común con las pinturas de Courbet: el mismo tipo de plenitud en los cuerpos y los miembros representados, la misma atención meticulosa a los detalles realistas del vestido, un peso corpóreo semejante. Los dos artistas eran amigos y tuvieron que exilarse tras la caída de la Comuna, que ambos habían apoyado activamente.
Allí yace Victor Noir con ese mismo abandono de las dos muchachas del Demoiselles Au Bord de la Seine, de Courbet. La única diferencia es que el hombre ha muerto en ese instante, su sangre todavía está caliente y a las muchachas les invade la languidez y el sopor del ensueño.
Un elegante sombrero de copa yace en el suelo a su lado. En su hermoso rostro puede verse todavía el orgullo de su valor, la confianza de que éste será recompensado con el amor de las mujeres. (Cada generación de jóvenes sabe que, de tiempo en tiempo, la mansión se transforma en un teatro improvisado en cuyo escenario se representa la historia: a menudo hasta la muerte.) Tiene el abrigo desabrochado, al igual que el último botón de los ajustados pantalones. Sus manos, de piel suave y uñas cuidadas, reposan distendidas esperando tocar o ser tocadas sólo por lo que es refinado.


La efigie es conmovedora y extraña en su integridad, pues da la impresión de que la muerte que muestra ha sido escogida en algún lugar con el mismo esmero que la camisa o las botas.
Bajo el cielo del cementerio, el bronce ha adquirido un color verde apagado. Pero hay tres lugares, sin embargo, en los que el metal está reluciente y dorado por las innumerables caricias y besos. Para París, Victor Noir se ha convertido en un talismán, un fetiche, que promete fertilidad, potencia, éxito, continuidad. La gente viene sin cesar en busca de su ayuda, de su ejemplo.
Los tres lugares en los que el bronce sigue estando brillante son la boca, la punta de las botas, de una elegancia soberbia, y, sobre todo, el montículo casi imperceptible del sexo en sus ajustados pantalones.
Tal vez el retrato de la ciudad de París podría empezar aquí, en la esquina sudoriental del Pére-Lachaise.

John Berger

Traducción de: Pilar Vázquez Álvarez


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