sábado, 7 de mayo de 2011

Precipicios (41)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho,  voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…



“Al final me sentí incapaz de seguir remando. Tenía las manos llenas de ampollas, me ardía la espalda, me dolía todo el cuerpo. Con un suspiro, casi sin salpicar, me deslicé por la borda al agua. Con lentas brazadas, mis largos cabellos flotando en derredor, como una flor marina, una anémona, como una de esas medusas que se ven en los mares del Brasil, empecé a nadar hacia la extraña isla, al principio en contra de la corriente, como había llegado remando, y, luego, libre ya de su garra, dejé que las olas me arrastraran a la bahía y me depositaran en la playa.
Allí quedé tendida en la ardiente arena, mientras la anaranjada luz del sol doraba mi cabeza, y mis enaguas –lo único con lo que había podido escapar –se secaban sobre mi piel, exhausta y agradecida, como todo superviviente.
Una negra sombra se proyectó sobre mí, pero no la de una nube, sino la de un hombre cuya silueta se recortaba sobre un halo deslumbrador.
Náufraga –dije con mi lengua seca y pastosa-. Soy náufraga. Estoy completamente sola. –Y le enseñé mis manos llagadas.
El hombre se sentó en cuclillas junto a mí. Era un hombre de raza negra: un negro con una cabeza de pelo ensortijado y lanoso y que, de no ser por unos toscos calzones, iba completamente desnudo. Me incorporé y me puse a estudiar aquel rostro achatado, aquellos pequeños ojos inexpresivos, la ancha nariz, los gruesos labios, aquella piel de un gris oscuro más que negra, seca como si estuviera rebozada en polvo.
Agua –le pedí, probando en portugués, y le hice gestos como si bebiera. En vez de contestarme, me miró como si yo fuera una de esas focas o marsopas arrojadas a la playa por las olas, que no tardan en expirar y pueden ser troceadas y comidas. Al costado llevaba una lanza. He ido a parar a la isla menos indicada, pensé, y dejé caer la cabeza…

J. M. Coetzee  (Foe)

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