miércoles, 11 de mayo de 2011

Precipicios (42)


Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho,  voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…



HESPERIDES. SUEÑO EN FORMA DE CARTA

Después de haber surcado las aguas durante muchos días y muchas noches, he comprendido que el Occidente no tiene fin sino que sigue desplazándose con nosotros, y que podemos perseguirle a nuestro antojo sin jamás alcanzarle. Así es el mar ignoto que se extiende más allá de las Columnas, infinito e igual a sí mismo, del que emergen, como la pequeña espina dorsal de un coloso desaparecido, pequeñas crestas de islas, nudos de rocas perdidos en el azul.
La primera isla que se encuentra, vista desde el mar es una extensión de verdor en cuyo centro brillan frutas como piedras preciosas, y a veces extrañas aves de plumas purpúreas se confunden con ellas. Las costas son muy escarpadas, de negra roca habitada por halcones marinos que lloran cuando desciende el crepúsculo y que revolotean inquietos con aire de siniestra desdicha. Las lluvias son abundantes y el sol despiadado: y debido a este clima y a la tierra negra y rica los árboles son altísimos, los bosques exuberantes y las flores abundan: grandes flores azul y rosa, carnosas como frutas, que jamás he visto en ningún otro lugar. Las restantes islas son más rocosas, pero siempre con abundancia de flores y frutas; y gran parte de su sustento los habitantes lo sacaban de los bosques: y lo demás del mar, que tiene aguas templadas y ricas en peces.
Los hombres son de tez clara, con los ojos atónitos como si en ellos aletease el estupor de un espectáculo visto y olvidado, son silenciosos y solitarios, pero no tristes, y se ríen a menudo y de nada, igual que niños. Las mujeres son hermosas y altivas, de pómulos prominentes y frente despejada, caminan con cántaros sobre la cabeza y al bajar las empinadas escalinatas que conducen al agua no se mueve nada de su cuerpo, con lo que parecen estatuas a las que algún dios hubiese concedido el caminar. Esta gente no tiene rey, y no conoce las castas. No existen los guerreros…

Antonio Tabucchi  (Dama de Porto Pim, el libro, que no el cuento)

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