viernes, 27 de mayo de 2011

Precipicios (44)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho,  voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…



Nací en el año 1632 en la ciudad de York, de una buena familia, aunque no del país, pues mi padre era un extranjero, oriundo de Bremen, que se había radicado inicialmente en Hull. Gracias al comercio, poseía un considerable patrimonio, y, al abandonar los negocios, vino a vivir a York, donde casó con mi madre, que pertenecía a una distinguida familia de la región, de nombre Robinson, razón por la cual yo fui llamado Robinson Kreutznaer. Sin embargo, en virtud de la usual adulteración de las palabras en Inglaterra, ahora se nos llama, más aún, nosotros nos damos el nombre y firmamos Crusoe, y así me han llamado siempre mis compañeros.
Tuve dos hermanos: el mayor, teniente coronel de un regimiento inglés de infantería destacado en Flandes, que antes había estado al mando del famoso coronel Lockhart, fue muerto en la batalla de Dunkerque contra los españoles. En cuanto a mi segundo hermano, nada he sabido de él, como tampoco mi padre y mi madre supieron nunca qué había sido de mí.
Siendo el tercer hijo de la familia, y no estando preparado para oficio alguno, mi cabeza comenzó a llenarse muy pronto de pensamientos extravagantes. Mi padre, ya muy anciano, me había asegurado una instrucción esmerada, dentro de los límites habituales de la educación familiar y de la escuela rural gratuita, y me destinaba a las leyes. Pero mi único anhelo era navegar, y esta inclinación me llevó a oponerme enérgicamente a la voluntad, mejor dicho, a las órdenes de mi padre y a todas las súplicas y persuasiones de mi madre y de algunos amigos: tanto, que parecía haber algo fatal en esta vocación natural, que me arrojaría por fin a la vida miserable que estaba destinado a sobrellevar.
Mi padre, hombre prudente y grave, trató de disuadirme con serios y excelentes consejos para que abandonara las intenciones que había adivinado en mí. Un mañana me llamó a su alcoba, donde se encontraba recluido por la gota, y con gran afecto debatió conmigo este tema. Me preguntó qué razones tenía…

Daniel Defoe  (Robinson Crusoe)

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