martes, 28 de junio de 2011

Fragmentos / Sebald


“No entendía ni una palabra de los asuntos cotidianos de los que hablaban entre ellas. Solamente oía subir y bajar las voces, sonidos naturales como los que articulan las gargantas de los pájaros, un sonido acabado de flauta y campanillas, entre música de ángeles y canto de sirenas. Lo único que se me ha grabado en la memoria de todo cuanto Katy dijo a Lizzie y Lizzie a Katy es un fragmento extremadamente singular. Pertenecía al relato de unas vacaciones en la isla de Malta y Katy, o Lizzie, afirmaba que los malteses, con un desprecio incomprensible hacia la muerte, no conducían por la derecha ni por la izquierda, sino siempre por el lado de la calle cubierto de sombra.”






“Puesto que en Inglaterra los jueces suelen permanecer en su cargo hasta una edad avanzada, Frederick Farrar no se había jubilado hasta 1982, cuando adquirió la casa en nuestro vecindario para entregarse al cultivo de raras variedades de rosas y violetas. No creo que sea necesario añadir que los iris eran también de sus favoritos. El jardín que Frederick Farrar, junto con un ayudante que le echó una mano todos los días durante diez años, iba trazando en torno a estas flores que criaba por docenas de variedades, pasaba por ser el más hermoso de toda la región, y a menudo, en los últimos tiempos, después de que sufriera un leve ataque al corazón y su salud se hubiese quedado resentida, me sentaba allí con él y le hacía hablarme de Lowestoft y del pasado. Fue en este jardín donde Frederick Farrar encontró la muerte un precioso día de mayo, cuando en un paseo matinal consiguió de alguna manera prender fuego a su bata con el mechero que siempre llevaba en el bolsillo. El ayudante le descubrió una hora más tarde, inconsciente y con graves quemaduras por todo el cuerpo, en un lugar fresco, a media sombra, donde la diminuta “Viola labradorica”, de hojas casi negras, se había extendido hasta convertirse en toda una colonia. Frederick Farrar murió a causa de sus quemaduras aquel mismo día.”




A lo largo de días y semanas uno se devana inútilmente los sesos, no sabría, si se le preguntara por ello, si se sigue escribiendo por costumbre, o por afán de prestigio, o porque no se ha aprendido otra cosa, o por asombro ante la vida, por amor a la verdad, por desesperación o indignación, así como tampoco sería capaz de decir si mediante la escritura uno se vuelve más inteligente o más loco.

W. G. Sebald  (Los anillos de Saturno)

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