jueves, 9 de junio de 2011

Los anillos de Saturno / Sebald


El gusano de seda, completamente desarrollado, es una polilla insignificante que, con las alas extendidas, apenas mide cuatro centímetros por dos y medio de longitud. El colorido de las alas es blanco ceniciento con franjas marrón pálido y una mancha en forma de luna, a veces casi inapreciable. La única ocupación de esta mariposa es la reproducción. El pequeño macho muere poco después del apareamiento. La pequeña hembra pone durante unos días seguidos de trescientos a quinientos huevos, y después también muere. Tal como indica un diccionario de conversación del año 1844, cuando vienen al mundo, las larvas de seda que salen de los huevos están dotadas de una piel negra, parecida al terciopelo. Durante su corta vida, solamente de seis a siete semanas, experimentan cuatro dormidas, y de cada una de ellas despiertan regeneradas, abandonando la antigua piel y formándose cada vez más blancas, más lisas y más grandes, más hermosas, en definitiva, para al final tornarse casi invisibles por completo. Un par de días tras la última muda se advierte en el cuello una rojez, signo de que la época de la transformación está cerca. Es entonces cuando la oruga deja de comer, se desplaza de un lado a otro sin descanso, hace esfuerzos por estirarse hacia lo alto y, como si despreciara el mundo terrenal, hacia el cielo, hasta que  encuentra el lugar conveniente y puede empezar su hilado que desarrolla a partir de los jugos resinosos producidos en su interior. Si una oruga a la que se ha matado con alcohol vínico se le aplica un corte longitudinal en el cuerpo, se ve un ovillo de pequeños tubos envueltos varias veces entre sí con un aspecto similar al de los intestinos. Discurren en la parte delantera, junto a la boca, en dos aberturas muy estrechas, a través de las que se derrama el jugo mencionado. En su primer día de trabajo, la oruga hila un tejido extenso, desordenado, inconexo, que le sirve de sujeción al capullo. Y después, moviendo continuamente la cabeza de un lado a otro y devanando así de su interior un hilo ininterrumpido de más de trescientos metros de largo, a su alrededor construye la verdadera envoltura de forma oval. En este armazón que no permite el acceso ni al aire ni a la humedad, la oruga se transforma en crisálida después de haber mudado su piel por última vez. En total, el estado de crisálida, hasta que la mariposa arriba descrita sale del huevo, se prolonga de dos a tres semanas.


 La cuna de la oruga de seda parece encontrarse en todos aquellos países de Asia en los que la morera blanca que le sirve de alimento crece de forma silvestre. Aquí es donde vive, abandonada a sí misma, al aire libre. El ser humano empezó a criarla por su utilidad. En la historia de China consta que dos mil setecientos años antes del comienzo de la era cristiana, Hoangti, el emperador de la tierra, que gobernó durante más de un siglo y enseñó a sus súbditos la construcción de carros, barcos y molinos trituradores, había incitado a Si-ling-chi, su primera esposa, a que se dedicara a los gusanos de seda, hiciera ensayos para su posterior utilización y así, por medio de su trabajo, del trabajo de la emperatriz, a que contribuyese a incrementar la felicidad del pueblo. De modo que Si-ling-chi cogió los gusanos de los árboles del jardín de palacio y los puso bajo su propio cuidado en los aposentos imperiales, donde, protegidos de sus enemigos naturales y del clima en primavera con frecuencia irregular en extremo, se desarrollaron tan favorablemente que su gesto supuso el comienzo de lo que más adelante se denominaría cría doméstica de los gusanos de seda, que en lo sucesivo, junto con la disolución del hilado, tejido y cosido de las telas, se convertiría en la ocupación distinguida de todas las emperatrices, de cuyas manos pasó a las de todo el género femenino.



Al cabo de sólo unas pocas generaciones, la cría del gusano y la confección de la seda habían experimentado un auge tal, fomentado de todas las formas imaginables por los soberanos, que China era asociada irremisiblemente como el país de la seda y de la inagotable riqueza sedera. Los comerciantes que atravesaban toda Asia con sus caravanas cargadas de seda, necesitaban alrededor de doscientos cuarenta días para ir desde el Mar de China hasta la costa del Mediterráneo. A causa de esta lejanía gigantesca y también a causa de los terribles castigos impuestos por la difusión del saber de la cría del gusano de seda y de los medios para su implantación fuera de las fronteras del imperio, la producción de la seda permaneció limitada a China a lo largo de milenios…

W.G. Sebald  (Los anillos de Saturno)


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