martes, 14 de junio de 2011

Magris / Microcosmos



En cuanto puede, C. cuenta la historia del carné. No teme repetirse, porque la vida inocente y sin color que él ama es toda ella repetición, dormir, levantarse, afeitarse, abrir las ventanas, quitarse el sombrero al encontrarse con alguien. Emigrante en América, trabajaba en una fábrica de los alrededores de Chicago, lejos del tugurio donde vivía y, para ahorrar, se levantaba a altas horas de la noche, subía al tren sin pagar billete y fingía haber olvidado la cartera cuando lo descubría el revisor, que le hacía bajar en la primera parada donde él esperaba el próximo tren, un local que pasaba cada hora, y repetía la misma escena hasta que, tras haber bajado y vuelto a subir en las tres o cuatro estaciones intermedias, llegaba a su destino.
Todos estos detalles, C. los cuenta con indiferente precisión burocrática, como si refiriera las vicisitudes de otro o como si fuera el revisor que cumplimenta su informe sobre aquel metódico pasajero furtivo, sin hablar nunca de su cansancio, sacrificios, explotación, palabras extrañas a su vocabulario como los términos jurídicos latinos con los que al doctor Krainer, en el Café, le gusta adornar su conversación.




Vuelto a Italia sin trabajo tras la crisis del 29, le habían dicho que para buscar un empleo era necesario el carné del partido fascista y él, que no lo tenía sólo porque se había marchado antes del advenimiento del régimen, se precipitó a pedirlo, sin sospechar –como no sospecha siquiera cuando cuenta la historia- que la imposición del carné podía ser un abuso, acostumbrado como estaba desde la infancia a un vago pero indiscutible respeto por cualquier autoridad- quizá transmitido por el imperio austrohúngaro, que no había amado ni odiado sino simplemente aceptado como se acepta la realidad, que no está ahí para que la gente se ponga a reflexionar sobre ello sino que está ahí y punto. El fascismo gobernaba y daba trabajo y por consiguiente era justo que un trabajador fuera fascista.
En la oficina correspondiente había expuesto su situación, contando deferentemente su historia con pelos y señales, incluidos los madrugones en plena noche, a un altivo funcionario, y cuando éste le reprochó que no se hubiera sacado el carné del P.N.F. en alguna de las secciones del partido en el extranjero, él le replicó, probablemente con la misma sonrisa incierta y el mismo pestañeo con los que refiere su respuesta en el Jardín: “Quizá no me he explicado bien: vamos a ver, quería decir que estaba allí por motivos de trabajo, para trabajar, y trabajaba, me levantaba cada día a las cuatro, cada día, todas las mañanas, y en invierno, pero también en otoño, hace un frío y sopla un viento…-cómo quiere que uno, levantándose a las cuatro y trabajando todo el día, tuviera tiempo para pensar en chorradas como fascismo o carnés…

Claudio Magris  (Microcosmos)

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