jueves, 23 de junio de 2011

Mallarmé, Magris, Sebald...



Hasta en el furor homicida, es Medea quien conoce el sentido auténtico del amor, de los sentimientos, de los valores. Pero Cólquide, con su ferocidad tribal, no es una alternativa posible a la Grecia de Homero, de Sócrates y Platón, del mito y el logos que han captado el ser en sus raíces. Es trágicamente cínico, un capricho de los dioses, que el heraldo de la luz helénica en las brumas bárbaras sea el mezquino Jasón y que su víctima –el precio de aquella empresa epocal, la expedición de los Argonautas- sea Medea, de mucha mayor estatura que él. Pero es aún más trágicamente cínico que aquel capricho de los dioses sea un elemento esencial de la civilización griega. Esta dialéctica sin remisión no permite soñar con paraísos incorruptos y aún menos contraponerlos a Occidente; también en la película el olvido encantado y somnoliento de la laguna amortigua, pero sólo por un momento, el insostenible horror de la historia.
Cada Medea es la historia de una terrible dificultad de entenderse entre civilizaciones diversas; un aviso trágicamente actual acerca de lo difícil que es, para un extranjero, dejar verdaderamente de serlo para los demás. Medea pone de manifiesto el triunfo de la extrañeza y del conflicto objetivo entre gentes y personas diversas. Por ello también, en el homónimo drama de Grillparzer, Medea puede decir que sería mejor no nacer y que, cuando esto ocurre, sólo cabe soportar –sin enternecerse o lloriquearse a sí mismos, como Jasón- ese mal.

Claudio Magris  (Microcosmos)



La carne es triste, ¡ay!, y todo lo he leído.

Mallarmé



“No creo que estos hombres estén sentados a la orilla del mar durante días y noches enteras para, como afirman, no perderse el momento en que pasen las bacaladillas, suban las platijas o el bacalao nade en dirección hacia la costa, lo que creo es que sencillamente les gusta demorarse en un lugar en el que tienen el mundo tras de sí y ante ellos nada más que vacío.”

W. G. Sebald  (Los anillos de Saturno)

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