lunes, 20 de junio de 2011

María Moliner (1900 - 1981)

 

 

 Moliner melancólica

Escribió "el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana", "más de dos veces más largo que el de la Real Academia y", a mi juicio, "más de dos veces mejor". La opinión es de Gabriel García Márquez, nada menos. Fue él también quien popularizó la imagen de María Moliner (Paniza, Zaragoza, 1900-Madrid, 1981) como un ama de casa que trabajaba en la mesa de la cocina. No era, especifica Inmaculada de la Fuente en esta impecable biografía, la de la cocina, sino la del comedor, porque no tenía otra; en el domicilio madrileño de Moliner había un despacho, pero era, naturalmente, para su marido, catedrático de Física (que apenas lo usaba porque trabajaba en Salamanca). Hija de clase media, pero con muchos apuros económicos (su padre, médico, se fue a Argentina y no volvió, abandonando a la esposa y los tres hijos), María fue un producto típico de la República: educada en la Institución Libre de Enseñanza, formó parte de la primera generación de españolas que pudieron ingresar en la Universidad -ella se licenció en Historia- y participó con entusiasmo en las Misiones Pedagógicas; es la suya la generación del Lyceum Club y la Residencia de Señoritas, la de "las modernas de Madrid": Rosa Chacel, Maruja Mallo, María Teresa León, María Zambrano...


 

Con la victoria franquista de 1939, éstas tomaron el camino del exilio. Moliner, menos comprometida políticamente -era, a la sazón, jefa de la Biblioteca Universitaria de Valencia-, optó por el llamado "exilio interior". El nuevo régimen le aplicó un pliego de cargos demencial, que este libro reproduce en facsímil: se le formula por ejemplo la gravísima acusación de haber formado parte de un tribunal de oposiciones... Retrocedió 18 puestos en el escalafón, y pasó el resto de su vida profesional como archivera y bibliotecaria en puestos que De la Fuente califica con sorna de "mezcla de balneario y pudridero". Paradójicamente, ese arrinconamiento resultaría de lo más fructífero: a los 52 años, con un trabajo rutinario, su marido en Salamanca y sus cuatro hijos ya mayores, Moliner empezó a sentir -escribe ella misma- "la melancolía de las energías no aprovechadas". Se le ocurrió un proyecto a la vez ambicioso y políticamente inofensivo: un "diccionario de uso" al que pensaba dedicar seis meses, y que terminó llenando quince apasionados años de su vida. Que una sola persona, que ni siquiera era filóloga, hiciese un diccionario mejor que el pergeñado por los cuarenta académicos de la RAE tiene bastante gracia. Pero todavía la tiene más el hecho de que los caballeros en cuestión no se dignaran aceptarla en sus filas, cuando ella lo intentó en 1972. "Un asco de misoginia y putrefacción", exclamó Carmen Conde, que unos años después (1978) sería la primera académica. Moliner se quitaba importancia. "Mi biografía es muy escueta, en cuanto que mi único mérito es el Diccionario", escribió, como si el diccionario fuera poca cosa. De la Fuente le ha hecho justicia, con una investigación exhaustiva (que tiene la amabilidad de no infligirnos hasta en sus menores detalles, como hacen algunos biógrafos despiadados) y una prosa ágil y elegante. Aunque también hay que reconocer que María Moliner, autora de una obra colosal, tiene sin embargo una vida discreta, de superficie plana; y ese defecto -desde un punto de vista literario no cabe duda que lo es-, ni la mejor biografía puede salvarlo.



LAURA FREIXAS

Fuente: El País, 16/04/2011

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