jueves, 30 de junio de 2011

Nabokov / Habla, memoria



“El largo viaje hacia el sur comenzó tolerablemente bien, con la calefacción ronroneando todavía y las lámparas del coche cama de primera clase Petrogrado-Simferopol aún intactas, mientras una cantante relativamente famosa y aparatosamente maquillada que oprimía contra el pecho un ramito de crisantemos envuelto en papel pardo, permanecía, dando golpecitos al cristal, en el pasillo por el que alguien pasó y dijo adiós con la mano en el momento en que el tren empezó a deslizarse, sin un solo sobresalto que nos indicase que estábamos abandonando para siempre aquella gris ciudad. Pero poco después de Moscú se acabaron todas las comodidades. En varios puntos de nuestro lento y penoso avance, el tren, nuestro coche cama incluido, fue invadido por más o menos bolchevizados soldados que regresaban del frente a sus casas (se les llamaban “desertores” o “héroes rojos” según las opiniones políticas de cada cual). A mi hermano y a mí nos pareció bastante divertido encerrarnos en nuestro compartimento y resistirnos a todos los intentos de importunarnos. Varios soldados que viajaban en el techo del vagón contribuyeron a la juerga tratando, no sin éxito, de utilizar nuestro ventilador como retrete. Mi hermano, que era un actor de primera, consiguió simular todos los síntomas de un caso grave de tifus, lo cual nos fue muy útil cuando finalmente la puerta cedió.




A primera hora del tercer día, durante una parada, aproveché una tregua en estas alegres actividades para respirar un poco de aire fresco. Avancé cautelosamente por el atestado pasillo, levantando las piernas por encima de los cuerpos dormidos, y me apeé. Una niebla lechosa caía pesadamente sobre el andén de una estación anónima: nos encontrábamos en algún lugar de las proximidades de Kharkov. Yo llevaba polainas y sombrero hongo. Mi bastón, una pieza de coleccionista que había pertenecido a mi tío Ruka, era de madera clara salpicada de bellas manchitas, y el puño era un terso globo de rosado coral incrustado en una corona de oro. De haber sido yo uno de los trágicos vagabundos que permanecían al acecho en aquel andén por el que un frágil petimetre imberbe paseaba de un lado para otro, no hubiese podido resistir la tentación de destruirle. Cuando estaba a punto de subir al tren, este dio una sacudida y comenzó a avanzar; mi pie resbaló y el bastón salió disparado y cayó entre las vías. No sentía ningún cariño especial por aquel objeto (de hecho, lo perdí por descuido al cabo de unos años), pero estaba siendo observado, y el fuego de mi amour propre de adolescente me impulsó a hacer una cosa que me resulta imposible imaginar que pudiera ser hecha por mi yo actual. Esperé a que pasaran uno, dos, tres, cuatro vagones (los trenes rusos eran famosos por lo mucho que tardaban en cobrar velocidad) y cuando, finalmente, fueron visibles las vías, cogí de entre ellas mi bastón y me puse a correr en pos de aquellos topes que iban empequeñeciéndose como en una pesadilla.
Un robusto brazo proletario actuó de acuerdo con las reglas de la narrativa sentimental (en lugar de seguir las del marxismo) y me ayudó a subir. “

Vladimir Nabokov  (Habla, memoria)

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