viernes, 17 de junio de 2011

Párrafos de "Microcosmos" / C. Magris


(…)
Hasta hace algún año, en verano, delante de la única casa de Oriule se sentaba el anciano señor Jovani, Sileno corpulento y sonriente que pasaba el rato comiendo higos carnosos, bebiendo de una jarra de acre vino de Sansego y mirando a las mujeres jóvenes que, de vez en cuando, llegaban con alguna barca y se ponían a tomar el sol desnudas durante algunas horas. El tiempo del señor Jovani estaba acompasado por aquellos amarres y aquellas salidas, las mujeres que se desnudaban se zambullían volvían a subir a la barca y desaparecían eran las agujas de su reloj; las miraba llegar y marcharse secándose el jugo de los higos de la boca, goloso y beatífico pero sobre todo imperturbable, indiferente a la caída de las horas como el mar que tenía ante sus ojos. “¿Estaban buenos los higos?”, preguntaba como si no fuera la cosa con él, cuando veía salir furtivo a alguien de detrás de la casa, donde estaba su inmenso árbol. Aquel año habían madurado un poco antes, se deshacían dulcísimos entre los dientes.


(…)
El lago es un espectro de colores. La nieve es blanca, dorada en algunos momentos, cuando el viento la levanta y la arrastra por la superficie helada es un polvillo de plata, donde empieza la sombra es azul. En las paredes de los montes es marfil, rosácea, gris perla; por la tarde el azul se convierte en un rojo vinoso. Fue por causa de los colores por lo que Goethe odiaba a Newton. Si el blanco, como explica Newton, es la presencia y la mezcla de todos los colores, quiere decir que en él los colores mueren y las diferencias se apagan, y que este blanco, estos años mezclados y fundidos en la nieve son solamente un amortiguado acabamiento. Si el blanco fuese en cambio la luz originaria, como creía Goethe, entonces los colores tienen que encenderse todavía, empezar y volver a empezar; existirá de nuevo el azul de las lejanías, el rojo de una flor y de una boca, el color miel de una mirada.



(…)
El busto más insólito, en el Jardín, es el de Svevo, tan aficionado a sus bancos y paseos, por los que Zeno pasea con Carla y donde Emilio, en “Senilidad”, encuentra a Angiolina. La realidad y el azar revelan una inventiva digna del gran escritor para el cual, según sus palabras, la vida es original. Svevo no se halla lejos de Joyce y de Saba, cerca del pequeño lago y del légamo de sus orillas. En la base de mármol puede leerse “Italo Svevo. Novelista. 1861-1928”, pero sobre la base no está la cabeza, queda sólo el pivote sobre el que tendría que sujetarse y que parece un minúsculo cuello.
Los motivos de esta acefalia no estan claros. Por lo demás es la tercera vez que alguien sustrae la cabeza de Svevo: ya sucedió en 1939 y de nuevo en la inmediata posguerra, cuando parece que Cesare Sofianopulo –pintor, poeta, traductor de Baudelaire y devoto de las puestas de sol en las orillas, cuyos rayos inclinados hacían, según él, que se transparentasen los vestidos de las mujeres dijo: “Esta vez no he sido yo” Es verosímil que, cualquiera que sea el origen de esta mutilación –hurto, afrenta, fetichismo, restauración-, las autoridades responsables se apresurarán a ponerle remedio de inmediato y a volver a presentar a los visitantes a Italo Svevo, gloria de la literatura triestina y universal, con su cabeza. De todas formas no se puede dejar de admirar el genio del azar que, entre tantas posibilidades como existen, ha hecho que desapareciera no la cabeza de Pitteri, Zampieri o Cobolli, sino la de Svevo, el grandísimo e ironico narrador que había dicho que la ausencia era su destino.
La cabeza que falta parece uno de los muchos equívocos, contratiempos, chascos, fracasos y humillaciones que constelan la existencia de Svevo, el escritor que escrutó a fondo la ambigüedad y el vacío de la vida, viendo cómo las cosas no están bien y continuando su vida como si lo estuvieran, desvelando el caos y fingiendo no haberlo visto, cayendo en la cuenta de lo poco deseable y amable que es la vida y aprendiendo a desearla y a amarla intensamente.
A este genio –que descendió a las raíces más oscuras de la realidad, que vio transformarse y disolverse toda identidad y que vivió como un decoroso burgués y un amoroso padre de familia- las cosas se le torcían a menudo. Era un “Schlemihl”, el personaje de la tradición judía que encuentra siempre trabas y zancadillas; uno de esos irreductibles desafortunados de los que se dice que, si se pusieran a vender pantalones, los hombres nacerían sin piernas, uno de esos torpes e intrépidos coleccionistas de sinsabores que se vuelven a levantar indómitos después de cada porrazo.
El caso de Svevo está trenzado con incidentes tragicómicos, desde el fracaso de sus primeras novelas al benévolo menosprecio familiar, por lo menos durante muchos años, respecto a su labor literaria, desde la postal con la que uno de los notables triestinos le agradece el envío de “Su hermosísima novela La conciencia de hierro” a tantas otras incomprensiones, actos fallidos, ridículos y melancólicos enredos que se hicieron proverbiales. Su obra y su existencia giran, sin perder la capacidad de amar y de disfrutar, en torno a vacíos, a vertiginosas ausencias disimuladas con una sonrisa de esfinge, a cómicos y trágicos incumplimientos cotidianos, a la carencia y la nada de la vida, a la vanidad de la inteligencia. El busto acéfalo le viene que ni pintado y convendría dejarlo así como está, como digno monumento de uno de los grandes del siglo, Italo Svevo, el burgués judío triestino Ettore Schmitz, a propósito del cual se cuenta que un antiguo compañero de oficina, al oír que había escrito una novela, exclamó sorprendido: “¿Quién, ese chorra boba de Schmitz?”

Claudio Magris  (Microcosmos)

No hay comentarios:

Publicar un comentario