martes, 7 de junio de 2011

Precipicios (46)


Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho,  voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…


En agosto de 1992, cuando la canícula se acercaba a su fin, emprendí un viaje a pie a través del condado de Suffolk, al este de Inglaterra, con la esperanza de poder huir del vacío que se estaba propagando en mí después de haber concluido un trabajo importante. Esta esperanza se cumplió hasta cierto punto, ya que raras veces me he sentido tan independiente como entonces, caminando horas y días enteros por las comarcas, escasamente pobladas, junto a la orilla del mar. Por otra parte, sin embargo, ahora me parece como si la antigua creencia de que determinadas enfermedades del espíritu y del cuerpo arraigan en nosotros bajo el signo de Sirio preferentemente, tuviese justificación. En cualquier caso, en la época posterior me mantuvo ocupado tanto el recuerdo de la bella libertad de movimiento como también el del horror paralizante que varias veces me asaltó contemplando las huellas de la destrucción que, incluso en esa apartada comarca, retrocedían a un pasado remoto. He aquí quizá el motivo por el que, justo en el mismo día, un año después del comienzo de mi viaje, fui ingresado, en un estado próximo a la inmovilidad absoluta, en el hospital de Norwich, la capital de la provincia, donde después, al menos de pensamiento, comencé a escribir estas páginas. Aún recuerdo con exactitud cómo justo después de que me ingresaran en esa habitación del octavo piso del hospital, estuve sometido a la idea de que las distancias de Suffolk que había recorrido el verano anterior se habían contraído definitivamente en un único punto ciego y sordo. De hecho, desde mi postración, no podía verse el mundo más que el trozo de cielo incoloro enmarcado en la ventana.
Con frecuencia a lo largo del día, me acometía el deseo de cerciorarme, echando un ligero vistazo por la ventana del hospital, extrañamente cubierta de una red negra, de que la realidad, como me temía, había desaparecido para siempre. Con la irrupción del crepúsculo, este deseo cobraba tal fuerza que después de haber conseguido, medio de bruces y medio de costado, deslizarme por el borde de la cama hasta llegar al suelo y alcanzar la pared a gatas, lograba incorporarme pese a los dolores que me producía, irguiéndome con esfuerzo contra el antepecho de la ventana. Con los ademanes convulsivos propios de un ser que por primera vez se ha levantado de la horizontalidad de la tierra, me apoyaba de pie, contra el cristal, pensando involuntariamente en la escena en la que el pobre Gregor Samsa, aferrándose al respaldo del sillón con patitas temblorosas, mira fuera de su habitación…

W. G. Sebald   (Los anillos de Saturno)

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