miércoles, 15 de junio de 2011

Precipicios (47)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho,  voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…




I

EL RAPTO

            El martes me desperté a esa hora inanimada y nula en que la noche ya está por terminar y sin embargo todavía no ha nacido el alba. Descansaba en una luz turbia y mi cuerpo sentía un temor mortal, que me oprimía el alma, y el alma a su vez oprimía el cuerpo.... y hasta la más mínima de mis partículas se contorsionaba en el presentimiento atroz de que no ocurriría nada, nada cambiaría, nunca pasaría nada, y aun cualquier cosa que se emprendiese no sucedería nada y nada. El sueño que me había despertado luego de molestarme durante la noche explicaba las razones de ese espanto.
            ¿Qué había soñado? Por un retroceso del tiempo que debiera estar vedado a la naturaleza, me vi tal como era cuando tenía quince o dieciséis años —me trasladé a la mocedad—, y de pie, bajo el viento, sobre una piedra, a orillas del río decía algo... y me oía... oía mi hace mucho enterrada voz, voz chillona de pichón, y veía mi nariz aún no lograda sobre mi rostro blando, transitorio, y mis manos en exceso grandes... sentía el contenido ingrato de esta mi fase pasajera e intermedia. Me desperté en medio de la risa y del pavor porque me parecía que tal como era mi persona ahora, ya en la treintena, remedaba al impúber que yo había sido y se burlaba de él, mientras éste también se burlaba de mí... y ambos nos burlábamos mutuamente. ¡Desgraciada memoria que obligas a saber por qué rutas hemos llegado a ser lo que somos! Y también divagaba medio adormecido que mi cuerpo no era del todo homogéneo, sino que algunas de sus partes no estaban todavía maduras y que mi cabeza se reía y se burlaba del muslo, mientras el muslo de la cabeza se burlaba, y que el dedo del corazón, el corazón de los sesos, la nariz del ojo, el ojo de la nariz a carcajadas locamente se carcajeaban, y que todos esos miembros y partes del cuerpo se violaban mutua y salvajemente en una atmósfera de penetrante e hiriente pan-mofa. Mas cuando ya totalmente recuperé mis sentidos y empecé a meditar sobre mi vida, el espanto no decreció ni un ápice, al contrario acrecentóse, aunque por momentos lo interrumpía (o estimulaba) una risita que los labios no podían contener. En la mitad del camino de mi vida me encontré en una selva oscura. Y algo peor aun: aquella selva era verde.
            Porque en la realidad era yo tan indefinido y deshecho como en el sueño. Atravesé hace poco el Rubicón de la ineludible treintena, crucé la frontera, según mis documentos, y mi apariencia semejaba un hombre maduro y, sin embargo, no estaba maduro. ¿Qué era entonces? ¿Cómo se presentaba mi situación? Vagaba por las confiterías y los bares, me encontraba con otras personas, cambiando palabras y a veces hasta pensamientos... pero mi situación era poco clara y yo mismo no sabía qué era: hombre o adolescente; y así, al comenzar la segunda mitad de mi vida, no era ni esto ni aquello —era nada—, y los de mi generación que ya se habían casado y ocupaban puestos determinados, no tanto frente a la vida como en diversas oficinas, me trataban con una justificada desconfianza…

Witold Gombrowicz   ( Fredydurke )

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