domingo, 26 de junio de 2011

Precipicios (48)


Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho,  voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…




Estoy en una esquina en Monterrey, de pie, esperando que llegue el autocar, con todos los músculos de mi voluntad reteniendo el terror de afrontar lo que más deseo en el mundo. La aprensión y la tarde de verano me resecan los labios, que humedezco cada diez minutos, a lo largo de las cinco horas de espera.
Pero es ella, son sus ojos los que se adelantan, de entre los vulgares pasajeros, para tranquilizarme: el autocar no ha traído desastre. Sus ojos de madona, suaves como niños, confiados como quienes ignoran el mal. Y por un momento, ante esa mirada, me siento feliz de renunciar a mi futuro, de aplazar indefinidamente el milagroso incendio. Sus ojos llueven inocencia y sorpresa sobre mí.
¿Y si fuera ella, a fin de cuentas, ella, a quien yo jamás esperé ni imaginé, la destinataria de las enrevesadas estratagemas del azar? Detrás, aparece aquel a quien he esperado tanto tiempo, aquel que insoportablemente ha cruzado a zancadas mis más nocturnos sueños, manoseando con torpeza el equipaje y los billetes, y arrastra los pies hacia el acontecimiento, que la excesiva expectación ha hecho jirones.
Pues a fin de cuentas, ella lo es todo. Nos sentamos en un bar y bebemos café. Él refiere aventuras compartidas y dice: “Así fue, ¿verdad, cariño?”, “Hice bien, ¿no crees, cielo?”, y ella sonríe feliz, con una confianza que da miedo.
¿Cómo puede caminar por las calles, tan vulnerable, tan desprevenida, sin que la sigan personas y perros y perpetuas catástrofes?...

Elizabeth Smart  (En Grand Central Station me senté y lloré)

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