lunes, 6 de junio de 2011

Rembrandt / Sebald



Thomas Browne, hijo de un comerciante de seda, nació en Londres el 19 de octubre de 1605. De su niñez se sabe poco, y en sus biografías apenas hay una explicación del tipo de formación médica que recibió después de su licenciatura en Oxford. Únicamente se ha comprobado que desde los veinticinco hasta los veintiocho años asistió a las por aquel entonces eminentes academias de ciencias hipocráticas de Montpellier, Padua y Viena, y que antes de su regreso a Inglaterra obtuvo en Leiden el grado de doctor en medicina. En enero de 1632, durante su estancia en Holanda, y por consiguiente en una época en la que Browne se había enfrascado más que nunca en los secretos del cuerpo humano, en el Waaggebouw de Amsterdam se practicó una autopsia pública en el cuerpo del maleante de la ciudad Adriaan Adriaanszoon, alias Aris Kindt, ahorcado pocas horas antes por robo. Pese a no haber documento alguno que lo justifique claramente, es más que probable que Browne no se hubiera sustraído a la notificación de la autopsia y que presenciara el espectacular acontecimiento preservado por Rembrandt en su retrato del gremio de cirujanos, sobre todo por cuanto la clase de anatomía del doctor Nicolaas Tulp, que se celebraba anualmente en pleno invierno, era del mayor interés no sólo para un médico principiante, sino que también constituía una fecha significativa en el calendario de la sociedad de aquel tiempo, convencida de estar saliendo de la oscuridad a la luz.




Sin duda alguna, en el espectáculo ofrecido ante un público de pago procedente de las clases favorecidas se trataba, por un lado, de una demostración de un intrépido afán investigador de la ciencia moderna pero, por otro, aunque seguramente habrían rechazado esta afirmación con rotundidad, de un ritual arcaico de desmembración de un ser humano, de la mortificación de la carne del malhechor hasta más allá de la muerte que, como antaño, seguía formando parte del registro de los castigos habituales que se infligían. El solemne carácter que se infiere de la representación de Rembrandt del despedazamiento del muerto –los cirujanos lucen sus mejores galas, y el doctor Tulp incluso lleva puesto un sombrero-, así como el hecho de que tras la consumación del procedimiento se celebró un banquete ceremonioso, simbólico en cierto sentido, habla a favor de que en la clase de anatomía de Ámsterdam se trataba de algo más que de un conocimiento más hondo de los órganos internos del ser humano.


Cuando hoy día estamos en el Mauritshuis ante el cuadro de anatomía de Rembrandt, de más de dos metros por uno y medio, nos encontramos justo en el lugar de aquellos que en el Waaggebouw de entonces siguieron el proceso de la disección, creyendo ver lo que ellos vieron: el cuerpo verdoso de Aris Kint tendido en un primer plano, con el cuello partido, el pecho horriblemente abombado hacia fuera y con la rigidez de la muerte. Y sin embargo es cuestionable que alguien viera ese cuerpo, ya que el por aquel tiempo nuevo y próspero arte de la anatomización tenía como una de sus principales misiones la de ocultar el cuerpo culpable. Es significativo que las miradas de los colegas del doctor Tulp no se fijen en ese cuerpo como tal, sino que, casi rozándolo, lo pasen por alto para dirigirse hacia el atlas abierto de anatomía en el que la espantosa corporalidad queda reducida a un diagrama, a un esquema del ser humano, tal como se imaginaba René Descartes, apasionado anatomista amateur, al parecer también presente en el Waaggebouw aquella mañana de enero. Como es sabido, Descartes, en uno de los capítulos principales de la historia de la sumisión, explica que se ha de prescindir de la carne incomprensible y dedicarse a la máquina que ya está esbozada en nuestro interior, a aquello que pueda entenderse en su totalidad, aprovecharse íntegramente para el trabajo y, en caso de defecto, repararse o desecharse.




Con el extraño aislamiento del cuerpo expuesto al público se corresponde que la muy alabada aproximación a la realidad del cuadro de Rembrandt resulta no ser más que aparente cuando se observa con mayor exactitud. Esto es, en contra de toda costumbre, la autopsia que aquí se representa no comienza con la disección del abdomen y con la extracción de las vísceras que con mayor celeridad entran en estado de descomposición, sino (y es posible que también esto remita a un acto de penitencia) con la disección de la mano que había incurrido en el delito. Y esta mano tiene una característica peculiar.
No sólo es grotescamente desproporcionada en comparación con la que está más próxima a la persona que ve el cuadro, sino que también desde el punto de vista anatómico se halla a la inversa. Los tendones abiertos que, según la posición del pulgar, deberían pertenecer a la palma de la mano izquierda, son del dorso de la derecha. De modo que se trata de una colocación puramente educativa, sacada sin más de un atlas anatómico, a través de la que el cuadro que, por así decirlo, por lo demás reproduce con exactitud la vida real, se echa a perder justo en el punto de mayor significado, allí donde ya se había marcado un hito, y se convierte en una construcción fallida. Es casi imposible que Rembrandt se equivocara. La ruptura de la composición me parece aún más premeditada, si cabe. La mano informe es la sñal de la violencia practicada en Aris Kindt. El artista se equipara con él, con la víctima, y no con el gremio que le había hecho el encargo. Él es el único que no tiene la mirada absorta, cartesiana, es el único que percibe el cuerpo extinguido, verdoso, y ve la sombra en la boca entreabierta y sobre el ojo del muerto.



No hay ningún indicio de la perspectiva desde la que Thomas Browne siguió la disección, como tampoco de lo que vio, si es que, como creo, se encontraba entre los espectadores en el anfiteatro de anatomía de Amsterdam. Quizá, como afirma en una nota posterior donde hace referencia a la niebla que se extendía por vastas zonas de Inglaterra y de Holanda el 27 de noviembre de 1674, fuera el vapor blanco que emergía de las cavidades de un cuerpo recién abierto después de muerto, y que, añadía Browne en el mismo párrafo, nos nubla el cerebro en vida, cuando dormimos y soñamos…

W.G. Sebald  (Los anillos de Saturno)


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