viernes, 3 de junio de 2011

W.G. Sebald


Por la tarde, hasta la hora del té, permanecí solo, sentado en el bar-restaurante del Hotel Crow. Ya hacía un buen rato que se había atenuado el tintineo de los platos en la cocina, en el reloj de la pared, equipado de un sol saliente y poniente y una luna que aparece al atardecer, las ruedas dentadas se prendían las unas en las otras, la péndola se movía regularmente de un lado a otro, la aguja grande del reloj iba dando su vuelta a impulsos ininterrumpidos y por un momento me sentí ya en la paz eterna cuando, en mi lectura más bien distraída del dominical del “Independent”, me topé con un largo artículo directamente relacionado con las imágenes de los Balcanes que había estado mirando por la mañana en la Reding Room. El artículo, que trataba de las denominadas limpiezas étnicas que los croatas habían llevado a cabo hace cincuenta años en Bosnia, con el consentimiento de alemanes y austríacos, comenzaba con la descripción de una fotografía sacada por uno de los milicianos de la ustachá croata, evidentemente para la posteridad, en la que los camaradas, de un humor excelente y en parte adoptando poses heroicas, cortan la cabeza a un serbio llamado Branco Jungic con un serrucho. Una segunda fotografía, tomada como en broma, muestra el cuerpo ya separado de la cabeza con un cigarrillo entre los labios medio abiertos del último grito de dolor. El lugar de este hecho era Jasenovac, el campamento emplazado junto al Sava en el que setecientos mil hombres, mujeres y niños fueron asesinados con métodos que a los expertos del gran imperio alemán, como se comentaba en un círculo más íntimo, les habrían puesto los pelos de punta. Serruchos y sables, hachas, martillos y correas de piel que se ceñían en el antebrazo con hojas fijas fabricadas en Solingen exclusivamente para cortar cuellos, eran sus instrumentos de ejecución preferidos, además de un tipo de patíbulo transversal en el que, como si fueran cornejas o urracas, ahorcaban en fila a quienes no pertenecían al pueblo croata, ya fueran serbios, judíos o bosnios que habían acorralado.




No muy lejos, a no más de quince kilómetros de Jasenovac, existían los campos de Prijedor, Stara Gradiska y Banja Luka, donde la milicia croata, con las espaldas cubiertas por las fuerzas armadas alemanas y con la bendición de la Iglesia católica, terminaba su jornada diaria de una forma similar. La historia de esta masacre de varios años está documentada en cincuenta mil actas que alemanes y croatas dejaron tras de sí en 1945 que hasta hoy, según el autor del artículo publicado en 1992, se conservan en el archivo Bosanske Krajine, de Banja Luka, que está o estuvo instalado en un antiguo cuartel del imperio austrohúngaro, donde la central de información del grupo E del ejército tenía su cuartel general en 1942. Sin ninguna duda, allí estaban informados de lo que entonces pasaba en los campos de los ustachá así como de los hechos inauditos que acaecían, por ejemplo, en el transcurso de la campaña de Kozara, dirigida contra los partisanos de Tito, en la que murieron entre sesenta y noventa mil personas por las llamadas acciones militares, es decir ejecutadas o como consecuencia de las deportaciones. La población femenina de Kozara fue trasladada a Alemania y una vez allí aniquilada en su mayor parte mediante el sistema de trabajos forzados que se hacía extensivo a toda la zona del Reich. De los niños que habían quedado, de una cifra inicial de veintitrés mil, la milicia asesinó inmediatamente a la mitad, la otra fue deportada a Croacia, a diferentes puntos de reunión, y de ellos no fueron pocos los que, antes de que los vagones de ganado alcanzaran la capital croata, perecían de tifus, agotamiento y terror. Muchos de aquellos que todavía seguían vivos destrozaron con los dientes, de pura hambre, la pequeña placa de cartón que llevaban al cuello con sus datos personales, borrando así, en la desesperación más absoluta, su propio nombre.


Más tarde fueron educados en el catolicismo en el seno de familias croatas, se les envió a confesar y a tomar la primera comunión. Como todos los demás, aprendieron en la escuela la tabla de multiplicar socialista, eligieron una profesión, y se convirtieron en trabajadores del ferrocarril, vendedoras, constructores de herramientas o libreros. Pero hasta el día de hoy nadie sabe qué clase de sombras merodean en su interior. Por lo demás, en este punto hay que añadir que en aquel tiempo, entre los oficiales del servicio de información del grupo E del ejército, había un joven jurista vienés que era el máximo responsable de redactar los memorandos concernientes a los desplazamientos de la población, que por razones humanitarias habían de ser organizados con la mayor urgencia posible. Por estos trabajos meritorios de escritura le fue otorgada, de manos del jefe del Estado croata, Ante Pavelic, la medalla de plata con hojas de roble de la corona del rey Zvonomir. En los años posteriores a la guerra, parece que el oficial, tan prometedor ya al comienzo de su trayectoria y sumamente versado en el mecanismo de la administración, fue ascendiendo a diversos altos cargos, entre otros incluso al de secretario general de las Naciones Unidas. En esta última función fue supuestamente él quien, para posibles habitantes extraterrestres del universo, dejó grabado un mensaje de salutación en una cinta magnetofónica que ahora, junto con otros hechos representativos de la humanidad, navega a bordo de la sonda espacial “Voyager II” por el extrarradio de nuestro sistema solar.

W. G. Sebald  (Los anillos de Saturno)


No hay comentarios:

Publicar un comentario