sábado, 23 de julio de 2011

Bolaño, Borges, Sebald...


“Todos terminamos convirtiéndonos en víctimas del objeto de nuestra adoración, tal vez porque toda pasión tiende –con mayor velocidad que el resto de las emociones humanas- a su propio fin, tal vez por la frecuentación excesiva del objeto del deseo.”

Roberto Bolaño



"La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos".
(Borges)




En febrero de 1890, es decir, doce años después de su llegada a Lowestoft y más de quince después de la despedida en la estación de Cracovia, Korzeniowski, que entretanto ha adquirido la nacionalidad británica y la patente de capitán y ha estado en las regiones más apartadas del mundo, regresa por primera vez a Kazimierowska a casa de su tío Tadeusz. En unas notas que tomó mucho más tarde, describe cómo después de breves estancias en Berlín, Varsovia y Lublin llega a la estación ucraniana en la que el cochero y el mayordomo de su tío le están aguardando en un trineo tirado por cuatro caballos bayos, que por lo demás es muy pequeño, casi de juguete. Quedan ocho horas de viaje hasta llegar a Kazimierowska. Cuidadosamente, escribe Korzeniowski, el mayordomo, antes de tomar asiento a mi lado, me envolvió en un abrigo de piel de oso que me llegaba hasta las ountas de los pies y me encasquetó un enorme gorro de piel provisto de orejeras en la cabeza. Cuando el trineo arrancó, comenzó para mí un viaje invernal de retorno a la infancia, acompañado del suave tintineo uniforme de los cascabeles. Con un seguro instinto, el joven cochero, de dieciséis años quizá, encontraba el camino a través de campos interminables, cubiertos de nieve. A una observación por mi parte, continúa Korzeniowski, sobre el admirable sentido de la orientación del cochero, que nunca titubeaba y ni siquiera perdió el camino una sola vez, el mayordomo dijo que él, el joven, era hijo de Josef, el viejo cochero que había llevado siempre a mi abuela Bobrowska, que en paz descanse, y que más tarde había servido con la misma fidelidad al “pane” Tadeusz hasta que la cólera se lo hubo llevado. También su mujer, dijo el mayordomo, había muerto de la enfermedad que se había presentado al romper el hielo, y también una casa entera llena de niños de la que solamente ha sobrevivido este joven sordomudo que está sentado delante de nosotros en el pescante. Nunca se lo había mandado a la escuela y nunca se había contado con que alguna vez pudiera servir para algo hasta que se comprobó que los caballos le seguían como a ningún otro criado. Y cuando contaba once años, aproximadamente, se demostró que en su cabeza tenía el mapa de todo el distrito, con cada una de las revueltas de los caminos, con la misma precisión que si hubiera nacido con él. Jamás, escribe, Korzeniowski a continuación del relato de su acompañante que él mismo vuelve a transmitir, me han llevado mejor que aquella vez hacia el crepúsculo que se extendía a nuestro alrededor.

W.G. Sebald  (Los anillos de Saturno)

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